Artículo completo sobre Fermentelos: pan, vino y leyenda en el Águeda
Entre hornos humeantes y el puente medieval, el pueblo que fermenta historia y sabor.
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El murmullo del río Águeda se adelanta a la vista. Un susurro constante, casi hipnótico, que acompaña al viandante que baja la rua da Ponte hasta el tablero de pizarra apoyado en tres arcos desiguales. La construcción existe desde el siglo XIV, se reconstruyó en 1865 y, bajo sus pies, desfilan no solo las aguas sino siglos de romeros, mercaderes y tropas invasoras. Al mediodía, cuentan los mayores, se oye un laúde cuando sube la marea: la leyenda de un trovador rechazado que se arrojó desde estas piedras hace quinientos años. Nadie lo garantiza; nadie lo desmiente.
La parroquia del pan y del vino
Fermentelos debe su nombre al latín medieval Fermentellus, diminutivo de fermentum: levadura, fermentación. No es casual. El pueblo nació entre hornos comunitarios y lagares, y sigue fiel a esa vocación. Conserva diecisiete hornes en activo, la mayor concentración del país, donde en las fiestas se cuece broa de maíz y pan de centeno que sale humeante a las mesas de las romerías. Y si el pan fermenta en los hornos, el vino lo hace en las bodegas de la Bairrada: espumoso por método clásico, tinto ligero que aquí llaman «cerveza de verano», aguardiente de orujo envejecida en barricas de roble.
El lugar creció a la sombra del río, favorecido por un paso romano —hay mosaicos y hornos de cerámica en la estación arqueológica de Areosa, declarada de Interés Público— y, más tarde, por la protección del Couto de Águeda, donado por Alfonso Enríquez en 1140. Las invasiones francesas de 1810 dejaron cicatriz: las tropas de Massena saquearon y quemaron parte de la aldea. La iglesia matriz, levantada en el siglo XVI y reconstruida tras el terremoto de 1758, guarda en su nave única un retablo barroco de madera dorada y paneles de azulejo del siglo XVIII que narran milagros locales.
Lechón, anguilas y santos taumaturgos
Fermentelos reivindica el título de «Capital del Leitão» de la Bairrada. En días de fiesta se consumen unos 1,5 toneladas al mes, la mayor tasa per cápita de Portugal. El secreto está en el horno de leña, la vara de roble que atraviesa el animal, la piel que cruje bajo los dientes mientras la carne permanece jugosa. Pero hay más: caldeirada de anguilas pescadas en el Águeda, chanfana de cabrito estofada en tinto, papas de sarrabulho espesas y humeantes. La Carne Marinhoa DOP —vacuno autóctono con grasa intramuscular y maduración de catorce días— se sirve a la brasa en las tascas, con patatas cocidas y salsa de piri-piri.
La fe también fermenta. La Romaría de las Almas Santas de Areosa, el último domingo de agosto, incluye procesión fluvial con barcas adornadas y misa campestre a orillas del río. El 15 de agosto se celebra el «Milagro de Urgueira»: en 1754 la Virgen apareció a un pastor y el obispo de Aveiro lo reconoció al año siguiente. Los devotos dejan cántaros de barro como exvoto en la capilla y, tras la procesión, se reparte bizcocho bendito. El lunes tras la Epifanía, la «Misa del Vendaval» bendice los campos contra las tempestades: ritual medieval que sobrevive intacto, seguido de sopa de sarrabulho servida gratis.
Entre el paul y los bancales
El Paul de Fermentelos se extiende por doce hectáreas de juncos, espadanas y lirios amarillos. Garzas reales, somormujos y el discreto carricero se mueven en esta zona húmeda que alberga el único nido conocido de la gallineta de agua en toda la cuenca del Vouga. El sendero PR 2, circular de ocho kilómetros, pasa bajo el puente medieval, por el Molino de agua del Pego —recuperado en 2004— y sube hasta el mirador del Castillo, desde donde se dominan los bancales de pizarra cubiertos de viña. En marzo, las amapolas estallan en manchas rojas contra el verde oscuro de las cepas de la Bairrada.
El Camino Central Portugués de Santiago atraviesa la parroquia y trae peregrinos que llenan sus cantimploras en la Fonte de Fermentelos, cuatro caños de granito levantados en 1887. Algunos se quedan a dormir en una de las tres casas de alojamiento local; otros siguen camino con huevos-moles de Aveiro comprados en la pastelería de la plaza.
Al caer la tarde, cuando el sol rasante incendia las vides y la campana de la iglesia toca las avemarías, el olor a leña de los hornos comunitarios se extiende por las calles estrechas. No es nostalgia: es pan que cuece para la cena de hoy.