Artículo completo sobre Lagoa da Pateira y San Adrián: Travassô e Óis en tu piel
Entre garzas y ermitas, la alma de Travassô e Óis da Ribeira se huele a barro y se saborea a chorizo
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La luz de la mañana resquebraja la Lagoa da Pateira como si fuera un espejo de bazar — de esos que se hacen añicos antes de llegar a casa. Las garzas se pasean con el aire despistado de quien entra en una tasca y se olvida de pagar. Huele a barro y a hierba que brota, el mismo aroma que se te cuela en los zapatos cuando vas a recoger a los críos a la parada del bus.
Donde se cruza quien se va y quien se queda
Travassô es justo lo que anuncia su nombre: un lugar de paso. Cuentan que hasta los peregrinos a Compostela, con sus sandalias y sus ampollas, hacen aquí alto antes de afrontar lo que queda de Camino. Hoy coinciden con el tractor de Zé que lleva a la niña al colegio y con la furgoneta de Lopes, siempre retrasada con la entrega del pan. En Óis da Ribeira, la iglesia del siglo XVII se aguanta como la abuela: costuras desgastadas, pero en pie. Dentro, un San Adrián que ha visto más gentes que la barra del bar de César en día de feria — y eso que el bar de César era la gloria.
Las ermitas de campo son como esas tiendas de pueblo que abren cuando al dueño le apetece: yeso descascarillado, campanilla que no siempre timbra, pero el día de la procesión hasta la vecina del pueblo de arriba baja.
Fiesta que mueve más que Iberdrola
Dos veces al año el lugar se llena más que la playa de Sanxenxo en agosto. Llegan autocares que parecen enjambres, cargados de gente que no pisaba la zona desde la boda del tío Augusto. Los puestos de churros son de los que todo el mundo critica y nadie se resiste: veinte minutos de cola para acabar con azúcar en el bigote. La música pimba no se oye, se impone. Los pasos se bambolean como microbús en carretera de terracería y los claveles de papel rozan la cara como exnovias que no perdonan.
Al final, todos se aprietan en mesas de plástico blanco. Se sirve chorizo que José tuesta en su propia herramienta — «solo hay darle tres vueltas, después es puro teatro» — y se descorchan vinos que no necesitan etiqueta, solo una buena lamparita para sacar el corcho.
Lo que se come (y lo que se bebe para ayudar a bajar)
El lechón es lo que es: si la piel no cruje como chicle de los duros, no merece la pena. Viene con alioli que parece mantequilla derretida y unas patatas que hacen el trabajo sucio de recoger toda la grasa. La chanfana es de las que te hacen perder la noción del tiempo — y del juicio —, se remueve la cazuela mientras se discute la liga y «media horita más, que aún puede venir alguien». Para acompañar, espumante de Bairrada: burbuja fina que lava la boca para el siguiente trago.
Se acaba con ovos-moles, los auténticos, que se muerden con los dientes apretados para no espolvorear al vecino. El café es cortado, como mandan los cánones, y la sobremesa dura más que el postre.
Laguna que da trabajo a los prismáticos
La Pateira es el patio trasero de la comarca — la mayor laguna lúcida del país, dicen. El domingo por la mañana siempre aparece el tío de los prismáticos que viene de fuera y habla en latín; los de aquí se limitan a llamarlas «garzas» y «pájaros» y siguen adelante. Los pasarellos sirven para quemar la torrija del almuerzo: madera que cruje, marisma que salpica, y si llevas a los críos cansas a la parroquia sin pagar entrada.
Cuando el sol se pone tras los viñedos, el olor a tierra caliente se mezcla con el vino que aún fermenta en las bodegas. Alguien toca las campanas, las ranas arrancan el coro y los peregrinos ajustan la mochila: «Venga, que quedan 25 km hasta el albergue». La laguna queda quieta, como quien guarda el secreto de quien pasa y, sin pretenderlo, se queda.