Artículo completo sobre Avelãs de Caminho: luz de Bairrada entre viñas
En esta parroquia de Anadia el tiempo se mide en robles, marcos de 1710 y vinos de Baga
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El asfalto cede paso al terrón en las orillas de un camino que atraviesa Avelãs de Caminho como una arteria centenaria. El nombre de la parroquia no es una flor poética: aparece en los foros de 1514, cuando D. Manuel I otorgó carta de regimiento a esta «Vila da Avelãs», entonces dependiente del couto de Anadia. Aquí, a 54 metros de altitud, la llanura de la Bairrada se despliega sin sobresaltos — solo la ondulación suave de los campos labrados, de las viñas bajas que se aferran al suelo arcilloso, del verde denso que cambia de matiz según la luz atraviesa las copas de los robles.
Sus 1.294 vecinos (Censo 2021) se reparten en 6,23 km², una densidad que permite respirar pero no aísla. Las casas se suceden en pequeños núcleos, con huertos traseros donde aún se cultivan col y habas. El humo sube recto de las chimeneas en las mañanas frías, olor a leña de eucalipto que impregna el aire húmedo del invierno. No hay prisa en los gestos de quien trabaja la tierra ni en quien va andando hasta la ultramarinos de doña Alda, abierta hace 42 años en la misma puerta.
Piedra con memoria
El único monumento catalogado es la iglesia parroquial de São Tiago, levantada en 1710 sobre otra más antigua, como prueba la inscripción «S. TIAGO 1596» empotrada en el muro sur. El templo barroco de talla dorada esconde un retablo mayor atribuido al «aleijadinho» de Anadia, José de Sousa, y un panel de azulejos de 1734 que representa la vida de Santiago. En el atrio, la piedra de armas de los Faria y Sousa, señores del lugar en el siglo XVII, muestra tres cabezas de moro y una estrella de cinco puntas —el mismo escudo que se repite en la fachada del casal de los Barbosas, en la Rua do Cemitério.
Carne y vino de la Bairrada
La gastronomía de Avelãs bebe de la quinta: la Carne Marinhoa DOP, de bovinos criados en los pastos de Chamusca y de la Quinta do Outeiro, se mete al horno de leña con patatas en rodajas y aceite de Mãe d’Água. La casta Baga, plantada en los campos de Vale de Açores, da vinos que criaron en botija de barro hasta 1995; hoy, la Cooperativa de Sangalhos aún recibe las uvas de 23 productores locales. En las cocinas, el aroma del sofrito —cebolla, ajo, pimentón— se mezcla con el del vino que reduce en la cazuela de hierro. De postre, el pastel de feijão de Anadia, inventado en el Convento do Salvador en 1900, pero aquí se hace con masa de hojaldre casera y alubias pintas de la huerta de doña Guida.
Día a día sin artificio
El día a día transcurre lejos de los circuitos. La escuela EB1/JI de Avelãs tiene 128 alumnos y una biblioteca que ocupa el antiguiño del pajar; los mayores —344 con más de 65 años— se citan en el café O Caminho, abierto a las 6.30 para que pasen los tractores camino de las viñas. El único alojamiento registrado es la Casa do Tanque, antigua casa de colonos de la Quinta do Outeiro, hoy con tres habitaciones y un horno de pan que aún funciona los domingos. Quien pernocta aquí no busca animación nocturna; busca el silencio que se escuchó en 1974, cuando las tropas del CAP de Anadia cortaron la nacional 234 al paso de los blindados.
La tierra arcillosa se pega a las botas después de la lluvia. El viento trae el olor de las viñas en flor en primavera, luego el aroma dulzón de las uvas maduras en otoño. Avelãs de Caminho no se entrega de inmediato: hay que pararse, andar despacio, fijarse en la textura del revoco de las casas, en el musgo verde de las tejas viejas, en el sonido del agua que corre en la acequia de 1852 que aún abastece las traseras de la iglesia. Solo así el lugar se descubre, sin prisa, como siempre ha sido.