Artículo completo sobre Moita: silencio de pinares y niebla en Anadia
Pasea entre viñas y la iglesia de Santiago donde resonó un antiguo municipio
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La campana de la iglesia de Santiago da un solo toque y el sonido se desliza despacio entre los pinares que rodean la Moita. Aquí, a 225 metros de altitud, el aire huele a resina y a tierra húmeda, sobre todo cuando la niebla matinal aún no se ha disipado del todo. Los troncos de los pinos alzanse densos, interrumpidos solo por claros donde el matorral que dio nombre a la parroquia crece suelto, rebelde, cubriendo el suelo de manchas verdes y marrones según la estación.
Este es el territorio más extenso del municipio de Anadia —3.417 hectáreas que se despliegan en valles y lomos—, pero no el más habitado. De los 2.206 vecinos empadronados en 2021, buena parte vive en lugares dispersos como Ferreiros, Póvoa do Pereiro o Vale de Avim. La densidad es baja, apenas 64 personas por kilómetro cuadrado, y se nota: hay espacio para respirar, para caminar sin cruzarse con nadie durante kilómetros, para oír solo el viento y el ladrido ocasional de un perro a lo lejos.
Ferreiros: la antigua cabeza del municipio
El lugar de Ferreiros guarda memoria de cuando la Moita era algo más que una parroquia. Entre 1210 y comienzos del siglo XIX fue sede de municipio propio, con foral otorgado por Don Sancho I. La antigua villa era entonces la capital administrativa de un territorio que se gobernaba a sí mismo. Hoy Ferreiros es solo un nombre en el mapa, pero la memoria persiste en las charlas de los mayores y en la toponimia que resiste al olvido.
—¿Dónde queda la villa? —se pregunta al señor Antonio, que tiene 84 años y aún trabaja sus viñas. —¿La villa? La villa era aquí, hijo. Ahora es todo esto, pero antes era municipio. ¡Hasta tenía juzgado!
La iglesia de Santiago, en el centro de la parroquia, es el edificio que mejor testimonia esa continuidad histórica. El entramado de la segunda mitad del siglo XVII sostiene esculturas de caliza de los siglos XV y XVI, piezas talladas con rigor geométrico que sobrevivieron a incendios, reformas y al desgaste natural del tiempo. En el atrio posterior, un crucero fechado en 1628 se alza sobre una base de piedra labrada, la cruz mirando al cielo como si aguardara aún a viajeros o peregrinos. Dentro, el arqueta tumular de la familia Borges descansa discreta, recuerdo de una nobleza rural que aquí echó raíces.
La Casa dos Carvalhais, casona señorial del siglo XVIII, presenta una fachada de sillería de líneas clásicas, sin excesos decorativos. Es una arquitectura que no grita, pero se impone por la solidez y la proporción. La piedra clara contrasta con el verde oscuro de los pinares que la rodean, y la casa parece haber brotado del propio terreno, como si siempre hubiera estado ahí.
Vino, carne y resina
La Moita forma parte de la región vinícola de Bairrada, y las viñas se alternan con los pinares en las laderas más expuestas al sol. Los vinos locales, tintos corpóreos y blancos frescos, dejan en el paladar la acidez característica de la casta Baga y la mineralidad del suelo calcáreo.
—El vino de aquí es como la gente: no es para todos los gustos, pero a quien le va, le va de verdad —dice el señor Domingos mientras sirve un tinto en una botella de plástica reutilizada.
En las mesas de las casas y de las tascas aparece la Carne Marinhoa DOP, asada o guisada, carne de vacuno criado en régimen extensivo, de fibra densa y sabor pronunciado. La cocina es la de la Beira rural: sin florituras, basada en productos de la tierra y del monte, aderezada con manteca, ajo y pimentón.
Entre pinares y agua quieta
El embalse de Gralheira ofrece un raro momento de horizontalidad en un paisaje dominado por relieves suaves. El agua refleja el cielo y los pinos que la cercan, y hay áreas de merendero en Vale de Mó, Saidinho y Carvalhais donde se puede parar, abrir la mochila y comer pan con chorizo mientras se oye el crujir de las agujas de pino al viento.
—Es bueno para traer a los críos. Se cansan de correr, no hay coches y el agua está bien para refrescarse —dice doña Rosa, que lleva los nietos los fines de semana.
Los senderos rurales que atraviesan la parroquia no están señalizados con placas turísticas, pero siguen caminos antiguos, carriles de tierra batida que unen lugares, capillas y fuentes. Si se pierde, pregunte. La gente indica, y a veces incluso acompaña.
La luz de la tarde, filtrada por los troncos de los pinos, dibuja rayas doradas en el suelo. Un olor a resina se intensifica con el calor, y el silencio solo se rompe por el chasquido de una rama seca bajo los pies. En la Moita, el matorral que le dio nombre sigue creciendo terco, agarrado a la tierra como quien sabe que hay cosas que no necesitan cambiar.