Artículo completo sobre Cabreiros y Albergaria: cicatriz de wolframio en la sierra
Tres fiestas, 47 km de galerías y un eco nazi que aún cruje entre pizarras
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El repique metálico del pico aún retumba en las galerías abandonadas del Río de Frades, donde la montaña fue perforada milímetro a milímetro entre 1941 y 1962. El agua rezuma por las paredes de pizarra, gota a gota, formando una cascada artificial —vestigio involuntario de las explosiones que arrancaron wolframio para la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial—. A 966 metros de altitud, entre valles profundos y crestas azotadas por el viento, la Unión de las parroquias de Cabreiros y Albergaria da Serra guarda la memoria de la mayor concesión minera de wolframio del país, un pasado industrial que llegó a emplear a 3.500 personas y dejó 47 kilómetros de galerías hoy convertidas en rutas de geoturismo.
La montaña que dio de comer y dejó cicatriz
El topónimo «Cabreiros» —del gallego cabreiro, pasto para cabras— anuncia la vocación ancestral de estas laderas: tierra de rebaños y pastores, donde el ganado subía en verano en busca de hierba fresca. Pero entre 1941 y 1962 la sierra cambió de sonido. Las explosiones de la Compañía Minera del Norte de Portugal, apodada «la Compañía Alemana» porque vendía todo el mineral a la Wolfram Bergbau, retumbaban por los valles y barrios obreros brotaron junto a las bocas de las minas. Hoy recorrer los 200 metros de la galería del Vale da Cerdeira es sumergirse en una oscuridad húmeda donde el aire huele a piedra mojada y musgo, hasta que la luz reaparece en forma de cascada —agua desviada por las obras subterráneas, ahora espejo natural de la intervención humana—.
Devociones en la altura
Las 185 personas que aquí permanecen —78 de ellas con más de 65 años— organizan el calendario en torno a tres fiestas: la Reina Santa Mafalda (el primer domingo de mayo), la Señora da Laje (15 de agosto) y Nuestra Señora da Mó (8 de septiembre). Tres nombres de María, tres excusas para reunir a las familias dispersas, encender hogueras y preparar mesas donde se asa el Cabrito da Gralheira IGP con romero de la sierra. La Carne Arouquesa DOP, de bovinos criados en libertad en los pastos de altitud, llega a la mesa en estofados lentos, aderezados con vino y laurel. La Miel de las Tierras Altas del Minho DOP —espesa, ámbar oscuro— endulza los dulces conventuales que aún se cocinan en las aldeas.
Sendas entre mamoas y ruinas
Desde el mirador del Detrelo da Malhada, a 1.227 metros de altitud, la vista alcanza kilómetros de crestas sierra adentro y valles encajonados. El sendero que desciende hasta la iglesia de Albergaria da Serra pasa por la mamoa da Portela da Anta, túmulo megalítico semienterrado entre zarzas y retama, datado en 3.000 a. C. Más abajo, las ruinas del complejo minero —barrios deshabitados, la antigua capilla de Santa Bárbara, talleres con tejados hundidos— están colonizadas por helechos y retamas. El Geoparque de Arouca, declarado por la UNESCO en 2009, rescata estas cicatrices industriales y las convierte en narrativa geológica y humana. Caminar aquí exige piernas entrenadas y respeto por la altura: el aire es un 15 % más enrarecido que en la costa, el sol más cortante, el silencio más denso.
En el Vale da Cerdeira, cuando se apaga la linterna dentro de la galería y la oscuridad es total, solo se oye el goteo constante del agua en las paredes. Fuera, la luz del mediodía recorta el perfil de las montañas —y la sierra vuelve a ser lo que siempre fue: pasto, piedra y memoria—.