Artículo completo sobre Urrô: silencio de pizarra entre robles
Casas de granito a 376 m donde la montaña marca el compás y tres domingos de fiesta
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La carretera serpentea entre muros de pizarra y el valle del Arda se queda abajo, minúsculo. Urrô se anuncia por un silencio denso: solo el viento entre robles y un ladrido que tarda en llegar. Novecientas personas agarradas a la ladera a 376 metros. Casas de granito que parecen brotar del mismo suelo. Diez kilómetros cuadrados donde la montaña marca el compás.
Tres domingos que marcan el año
La fiesta de la Reina Santa Mafalda en junio —hija de Sancho I que pasó por aquí en el siglo XIII—. La Virgen de la Laja en agosto. Nuestra Señora de la Muela en septiembre. Tres domingos donde la plaza se llena, retumban los cohetes y el olor a carne asada se mezcla con el humo de las hogueras. Vuelve quien se fue. Se queda quien cuida las vacas.
Lo que se come
Carne Arouquesa DOP: vaca rubia clara que pasta en los prados. Tiene que ser. Cabrito de la Gralheira IGP al horno de leña hasta que la piel crepita. Miel de las Tierras Altas del Miño DOP, ámbar espeso de brezo y castaño. No hay restaurantes. Hay tascas donde se come lo que hay.
Piedra que habla
Pizarra negra en las laderas —restos de océanos que existían antes que las montañas. Urrô es geoparque UNESCO, pero eso no le dice nada a José, que lleva cincuenta años levantando muros con la misma piedra. Los senderos son caminos de ganado. Las huellas de las pezuñas abren la sierra como cicatrices antiguas.
Cuentas del territorio
102 niños menores de catorce años. 220 mayores de sesenta y cinco. Siete casas alquiladas a turistas —tres del mismo dueño—. El resto son calles con puertas cerradas y ventanas abiertas. El bar abre a las siete, cierra a las ocho. Tiene wifi porque los nietos lo exigieron.
La campana da las horas. Humo sale de una chimenea: alguien calienta la sopa. Urrô no promete nada. Da lo que tiene: piedra, altitud, silencio. Quien viene, viene. Quien se queda, se queda.