Artículo completo sobre Fornos, donde el Douro guarda la memoria de los rabelos
En la rivera de Castelo de Paiva, piedra, leña y santos cuentan el pasado
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Ya se ha llevado el eco la sirena del último rabelo, pero el río sigue ahí, ancho como la paciencia de un padre. En Fornos el Douro besa al Paiva y abre una especie de plaza de agua donde el cauce hace de suelo. Cuentan que, antes, los barcos llegaban tan pegados a la orilla que los chicos saltaban a la cubierta para ir a vender leña a Oporto. Hoy el tráfico es de gaviotas y de piragüas de alquiler, pero la piedra de las orillas sigue siendo la misma.
El río que llevaba leña y críos
De los astilleros que hubo en la Praia do Castelo solo quedan unos agujeros en el suelo cubiertos de brezo. Aun así, en la memoria de los mayores, aquello era una feria permanente: martillos, olor a brea y aquellos «Rabões da Esquadra Negra», barcos hechos a medida del carbón que bajaba de las minas de Pejão. Me lo cuenta mi tío Zé, que fue «ripa» en la construcción de uno de ellos: cada rabelo tardaba ocho días en llegar a Oporto «si el viento venía de través». La iglesia, que está ahí desde que el rey preguntó quién era dueño de la tierra, lo ha visto pasar todo sin moverse del sitio.
Piedra que sabe de gente
La iglesia matriz es de esas que no necesitan ser grandes para imponer: un campanario, unas ventanas estrechas y el escudo de los Sampaio clavado en la pared como quien dice «nos quedamos». Al otro lado de la carretera, la capilla de San Antonio es más pequeña que muchas cocinas, pero el día de su santo se llena de velas y de promesas de quien busca marido o quiere perderle el miedo al perro. Quien quiera ver más antigüedad, sube al castro del Castelo: solo hay fosos, pero tienen la edad de un padrón y la panorámica de una postal.
San Juan, cohetes y rabanadas
A finales de junio Fornos se convierte en algo que los de fuera creen un pueblo-museo. Empieza al caer la tarde: el olor a sardina atraviesa la EN222, las mesas de plástico invaden la carretera y el vino verde corre de garrafones que parecen bidones de gasóleo. La procesión de San Juan es lenta como un funeral feliz: se va rezando, se va charlando y, cuando pasa la bandera, hasta el perro del Ferrugem se hace el importante. Al día siguiente hay rabanadas para curar la resaca: dulces de huevo que la abuela guarda todo el año solo para esa noche.
La isla que nadie pidió
Cuando se llenó el embalse, surgió esa islita verde que ahora aparece en los mapas como «Ilha do Castelo». Se llega en piragua o, si el nivel del agua lo permite, a pie enjuto. Lo que era almacén de carbón hoy es alfombra de césped perfecta para el picnic del domingo. Se lleva una manta, un perro que quiera jugar a los palos y listo: se tiene la playa privada que el Algarve no da.
Fornos no es sitio de selfies obligatorias. Es más bien ese amigo que no llama desde hace años, pero que, cuando se toca a su puerta, aún tiene el vaso y la charla en el mismo sitio. Está ahí, en la curva del río, recordando que hay historias que no necesitan micrófono: basta estar quieto y dejar que hable el agua.