Artículo completo sobre Paraíso, el pueblo donde el Paiva se bebe en silencio
Entre granito y viña, el corazón de Castelo de Paiva late a 314 metros
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El granito de la plaza de la iglesia aún retiene el calor del día cuando, a las siete y media, don Amadeu abre la puerta de la tienda de ultramarinos. El olor del pan de ayer, recalentado en el horno eléctrico, se mezcla con la brisa que sube del valle. Es un aroma que no miente: lleva la tierra blanda del Paiva, el heno cortado la semana pasada y el trazo seco de la brezo que cubre la sierra. A 314 metros, Paraíso no es montaña ni valle: es un punto de equilibrio, donde la mirada baja hasta los corrales de Mafódia y vuelve a subir a los cuchillos de la Gralheira. Cuando baja la niebla, todo se reduce al sonido: la acequia corriendo por la reguera, el graznido de las garzas que sobrevuelan el río, el chasquido seco de una puerta de granito al cerrarse.
Donde el granito guarda la memoria
La iglesia parroquial no es un monumento: tiene el revoque desconchado a la izquierda, el atrio donde se juega a la pelota las tardes de domingo y el interior que huele a cera de vela y a ropa guardada. El retablo dorado se pagó con el dinero de la uva de 1893; hoy, la gente sigue diciendo «es nuestro» cuando señala a los ángeles de madera. Subiendo la cuesta de la Rua do Calvário, la Capela de São João aparece de golpe, sin avisar. Desde arriba, el valle no es postal: es una alfombra de tejados de pizarra, de corrales improvisados con puertas de tren y de viña suelta que nadie poda desde hace tres años. El puente medieval, o lo que queda de él, sirve ahora para que los críos salten al río en julio; las piedras redondeadas cuentan más que cualquier placa.
El ritmo de las vendimias y las hogueras
Septiembre huele a mosto en los dedos. En las bodegas oscuras, los cestos de pino están llenos de uvas touriga que fermentan durante la noche; el sonido es de burbujas y de pies descalzos aplastando granos. Aquí, la vendimia sigue siendo un verbo colectivo: «vamos a las uvas» significa que se reúne todo el vecindario, que se come sardina asada sobre la lumbre y que se va a la cama con el pelo pegado de mosto. El 24 de junio no hay ninguna marcha: hay una hoguera en la era del señor Albano, llena de sarmientos, y los albahacos vienen con versos escritos deprisa en la servilleta del café. La misa de San Juan es a las nueve, pero la procesión no empieza hasta que el cura termina de hablar con la vieja doña Lúcia, que trae la misma cesta de siempre con pan bendito y tres huevos pintados.
A mesa con la sierra
El arroz de sarrabulho lleva sangre de cerdo, sí, pero también lleva tomillo que se arranca del suelo seco junto al muro del colegio. La carne Arouquesa viene del corral de Zé Mário, que aún pone nombre a las vacas en latín de trocha —«Esta es la Balbina, aquella es la Fiasca». En la tienda, el queso de la sierra está encima del mostrador, envuelto en papel de corcho, y la miel de las Terras Altas viene en garrafas de plástico que doña Odete reutiliza para el vino. El dulce que se hace para la fiesta no tiene nombre en libro: es «esa cosa con miel y nueces» que hacía la abuela cuando venía visita; hoy, las nietas usan la misma sartén de hierro, pero ya no tienen paciencia para batir las claras a mano.
Entre el río y la sierra
La ruta del Paiva no empieza en pasarela de madera: empieza al fondo de la finca del señor Américo, donde la cancela de madera chirriante da a un carril de esquisto que baja en zigzag. Allí, el olor es a helechos aplastados y agua estancada; los pies notan la diferencia entre la pizarra lisa y la arena caliente. Cuando se llega al río, el silencio es tal que se oye el corazón. Subiendo hacia la Gralheira, el camino pasa por un muro donde alguien escribió a lápiz «aquí murió mi perro 1987»; las letras están desvaídas, pero el granito guarda el dolor. A la vuelta, la luz ya es otra: el sol pincha en las viñas, el olor a eucalipto quema la garganta y, arriba, la campana de la iglesia da tres veces —no es misa, es el aviso de que el cuerpo del señor Jacinto ha llegado a la capilla.