Artículo completo sobre Loureiro: donde el humo del matanza aún perfila el invierno
Entre el Ul y la Sierra, un pueblo que conserva el sabor del cerdo y el tiempo roto
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El humo sube perezoso por la chimenea, tan denso que se te pega a la garganta. En las casas más viejas aún se cuelan los chorizos junto a la lumbre donde el humero ha dejado una sombra negra en el techo: el ahumado no es para turistas, es porque aquí se sigue matando el cerdo en enero y la carne ha de durar todo el año. Cuando gira el viento, el olor a la farinheira recorre la Rua do Meio y me devuelve a las tardes de domingo en que mi padre pelaba ajos al sol.
El río que parece una riachuelo
El Ul no sirve para barcos: es un hilo de agua que se pierde entre carrizos y piedras, donde los niños atrapan cangrejitos en los días de verano. A las seis de la mañana, cuando bajan las vacas de los apriscos, se oye el chirrido de las cadenas y el murmullo del agua bajo el puente viejo. En la Levada do Pego, las amas de casa aún sacuden la colada contra las piedras, aunque tengan lavadora en casa. El sendero que sube a la Sierra huele a jara y ese aroma se te engancha a la ropa; desde la cumbre se ve la fábrica de Caima soltando un penacho blanco, recordándonos que la ciudad está ahí al lado.
La iglesia que perdió el reloj
San Blas lleva años parado a las tres y media; nadie recuerda cuándo se estropeó ni le ve sentido al arreglo. Dentro, la cera de las velas se mezcla con el olor a ropa guardada en los desvanes y el incienso que se ha quedado viejo. Los bancos de madera guardan la huella de generaciones: donde mi abuelo se dormía en la misa de las nueve, donde yo aprendí a contar las burbujas del azulejo de la «Multiplicación de los panes». En la sacristía, el cura guarda los pasos cubiertos con sábanas; cuando sale la procesión de febrero, la banda de música abre paso y las ancianas lloran siempre en la misma esquina.
Las huellas que quedan en el barro
El Camino de Santiago pasa justo frente al Café Central. A las siete de la mañana, los peregrinos piden cafés y preguntan si llueve tanto siempre. José, el del salón de peluquería, que también fue caminante, les ofrece un aguardiente «para calentar el pecho» y les señala el albergue que hay detrás de la iglesia, donde antes estaba el matadero. Los viajeros firman el cuaderno que el ayuntamiento dejó en el centro de interpretación, pero el libro más interesante es el del café: alguien escribió en alemán «Hier riecht es nach Zuhause» («aquí huele a casa»).
Lo que se come de verdad
El cocido de nabos lo hace mi madre: nabos de la huerta, alubias que estuvieron en remojo desde la víspera y un chorizo de cerdo ibérico que trajo mi tío de Vale de Cambra. Se sirve en cuenco de barro cocido, con un hilo de aceite que forma lagos dorados. El bacalao a la lagareiro del restaurante «O Mealheiro» viene con patatas que saben a la tierra en que nacieron: son del hortelano don Alfredo, que las trae en un cesto de mimbre. Las queijadas de Loureiro no saben a las de otras partes: llevan canela en polvo y queso fresco de la Quinta do Pego, y la masa se fríe en manteca de cerdo, como manda la tradición. Quien las prueba en ayunas, peca.
Lo que aún se hace por aquí
En febrero, la procesión de San Blas baja por la carretera nacional con el tráfico parado: los conductores se irritan, pero los niños aprovechan para recoger caramelos cuando pasa el paso. El primer domingo de mayo se va a pie a la capilla de la Señora de la Salud, descalzo quien lo prometió, y siempre hay quien cumple porque una cigüeña se posó en el campanario y «fue señal». Las Janeiras ya no se cantan en muchas casas, pero tres vecinos aún se juntan con concertina y pandereta, y mi abuela guarda un rey de cartón desde 1978 que nadie se atreve a tirar.
El molino del Pego muele cuando José Manel quiere enseñar a los nietos: se hace girar la piedra, cae harina blanca en la tolva de madera y el olor es el mismo de cuando yo tenía diez años y ayudaba a mi abuelo a llevar el maíz. El agua corre siempre por la misma acequia de piedra, aunque el verano seque cuanto lo rodea, y es ese el sonido que me arrulla las noches en que vuelvo a la aldea, sabiendo que en Loureiro el tiempo no pasa: solo se acumula, como el polvo dorado que cubre los retablos de la iglesia.