Artículo completo sobre Caldas de São Jorge: aguas hediondas y fogaças de promesa
Termas abandonadas, procesión de cestas y dulce de masa madre en enero
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El vapor se levanta de la fuente como el café que hace doña Rosa en O Pote: parece que va a derramarse, pero no se derrama nunca. El agua huele a huevo podrido, ese olor que asusta al recién llegado, pero al cabo de quince días ya ni lo notas. Dicen que cura la piel y las articulaciones; lo que yo sé es que José Manuel, que tiene 87 años y aún sube al pinar cada mañana, la bebe desde crío y ahora me pregunta si quiero ir a jugar a la sueca con él los martes.
El edificio de las termas lleva años cerrado, pero aún se ven las bañeras de mármol donde nuestros abuelos iban a “tomar las aguas”. Durante la guerra sirvió de hospital: mi tío abuelo fue uno de los que anduvo con muletas por esos pasillos. Ahora solo quedan cicatrices en las paredes y una puerta que cruje cuando sopla el viento del norte.
Fogaças y promesas cumplidas
Pero llega el 20 de enero y todo cambia. Es como si todo el mundo se hubiera tomado un café de más. Las chicas con las cestas en la cabeza parecen que van a la guerra —y casi lo es, porque cargar con eso todo el día deja tocada la espalda—. La procesión empieza a las nueve de la mañana y acaba cuando el cura se cansa, lo cual es raro, porque el hombre aguanta bien.
La fogaça es esa cosa que hacía mi abuela en casa: parece fácil, pero no lo es. Ilda, que tiene la panadería desde hace 40 años, dice que el secreto está en el tiempo: “no se fuerza la masa, ella se voltea cuando quiere”. Se come caliente, se deshace en la boca y deja esas miguitas que a los críos les gusta recoger con la punta del dedo. Si viene en enero, llévese unas cuantas a casa. Duran una semana si las esconde bien de los golosos.
Entre el río y el bosque
El sendero de las Caldas es ese paseo que se hace cuando viene la suegra y quiere “ver naturaleza”. Son seis kilómetros que empiezan detrás de la iglesia y acaban en el molino de siempre —sí, ese que Joaquim reconstruyó con sus propias manos y ahora se ofrece a todos los turistas para hacerles fotos—. Lleve agua y un trozo de pan, porque después de la vuelta hay un banco desde donde se ve el Caima y se puede descansar. Si lleva niños, adviertales de que el río está helado: mi nieto se metió el verano pasado y aún se acuerda.
La carne Arouquesa es esa que viene de las vacas que pastan en las quintas que se ven desde el sendero. No es un mito: João, del restaurante O Cacito, la sirve con patatas fritas caseras que su mujer corta a mano. Si la pide poco hecha, la mira de reojo, pero la hace. Es tartamudo, pero se le entiende todo.
Piedra, fe y memoria
La iglesia es la iglesia: misa a las nueve los domingos y el cura habla tan bajo que hasta el coro se duerme. Pero la capilla de la Señora de la Salud, esa sí que merece la pena. En agosto se hace una romería a la que todo el mundo va más por la bifana que por la misa. El mercado es una trampa: traen cestas de mimbre que parecen hechas en China, pero Amelia vende unas verdaderas madejas que le enseñó su abuela.
El cruceiro es de esos donde los viejos se sientan a la sombra y hablan de la lluvia y de los precios. Si pasa por allí a las cinco de la tarde, encontrará a Antonio, que le contará cómo era la vida “en tiempos del otro señor”. Tres horas de charla que se pasan volando, pero lleve caramelos para la tos, porque el hombre fuma lo que no debe.
Caminos que respiran
La ecopista es lo mejor que nos ha pasado desde que cerraron la línea. Se va a Oliveira de Azeméis en bici sin cruzarse con coches, y hay un café en medio de la nada donde doña Albertina hace un rojão que se para con pan. Está en la carretera de más allá de las termas, ese sitio con la puerta azul y el gato gordo que se llama Fidalgo. Si el gato no está en el alféizar, es que está cerrado: es su sistema de horarios, no discuta.
El arroz de cabidela es de esos que hacía mi madre cuando sacrificábamos el gallo. Ahora solo se come en la tasca del señor Alfredo, pero él insiste en usar gallina de la vecina. El vino verde es de la Bairrada, pero José del carnicería tiene un bagazo casero que no está en la carta. Solo hay que pedirlo con buena cara.
Cuando el sol se pone tras el Caramulo, el vapor de la fuente se tiñe de naranja y da ganas de quedarse. Y quédese, que el próximo autobús pasa a las siete y media. Mientras espera, vaya a beber otro vaso a esa fuente: dicen que lo cura todo, pero lo que yo sé es que aquí nadie se queja de nada.