Artículo completo sobre La Fogaça que corona Santa Maria da Feira
Pan dulce, castillo medieval y 400 chicas con fogaça en la cabeza
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El olor llega antes que la imagen. Mantequilla derretida, harina templada y una dulzura densa que flota por las calles empedradas del centro histórico en una mañana de enero. En el interior de uno de los treinta hornos artesanales que integran el Clube da Fogaça, la masa fermentada —huevos, azúcar, mantequilla— adopta la forma inconfundible de una torre. Es la Fogaça da Feira, con Indicación Geográfica Protegida desde 2006. Quien cruce la Praça da República un martes cualquiera —el mercado semanal se celebra desde 1117— se topa con puestos de quesos, mermeladas y hortalizas. El picota manuelino del siglo XVI preside la plaza. La piedra está pulida por siglos de roce.
Murallas que esconden cerámica del siglo X
El Castillo de Santa Maria da Feira domina el paisaje como un puño de granito. La fortaleza combina trazas románicas del siglo XI con intervenciones góticas del XV. Las excavaciones han sacado a la luz cerámica islámica del siglo X. D. Egas Moniz de Ribadouro, tutor de D. Afonso Henriques, levantó la primera fortificación. El viento sube por el valle del Uíma. En las mañanas de niebla, el mirador se convierte en un escenario suspendido sobre un mar de blanco. El Centro de Interpretación de la Historia Local ofrece maquetas y realidad virtual. Cada año, la feria medieval recrea campamentos, artesanía y gastronomía del siglo XV.
Cuatrocientas chicas y una promesa al mártir
La Festa das Fogaceiras se celebra el 20 de enero y el domingo siguiente. Unas cuatrocientas chicas desfilan en procesión con fogaças sobre la cabeza. Llevan el pan a São Sebastião. La capilla de São Sebastião, del siglo XVIII, es el punto de bendición. Por la noche, la procesión de antorchas ilumina las calles. En 2019, la fogaça gigante alcanzó los 650 kg. Entró en el Guinness como el mayor pan dulce del mundo.
Puentes de un solo arco, molinos de agua y garzas sobre el Caima
El paisaje se abre en valles ondulados entre los 50 y los 250 m de altitud. Los ríos Caima y Uíma surcan el territorio. La raza bovina Arouquesa pasta en las dehesas. Su carne es DOP. En Sanfins, el puente románico de un solo arco sobre el Caima es un lugar de silencio. Se oye el agua golpear la piedra. En Espargo, los molinos de agua han sido restaurados. Los engranajes de madera aún giran. El Trilho dos Valos recorre ocho kilómetros entre molinos, acequias y puentes medievales. Se puede hacer a pie o en bicicleta eléctrica. La iglesia de Travanca, románica del siglo XIII, forma parte de la Ruta del Románico. Tres horas a pie la separan de la iglesia y del puente de Sanfins.
Rojões, sarrabulho y un vino verde espumoso
Los rojões à moda da Feira se sirven con arroz de sarrabulho. El plato exige pan para limpiar la salsa. Se acompaña con vino verde de la subregión de Penafiel. En los días de fiesta aparecen los dulces conventuales: toucinho-do-céu, charutos de almendra, bolinhos de São Sebastião. En Sanfins, el aguardiente de madroño artesanal cierra la comida. En la Quinta da Romeira, en Espargo, se pueden catar vinos con cita previa.
El peso dulce sobre la cabeza
Frei António das Chagas nació en Travanca a principios del siglo XVII. António de Almeida Brandão modernizó hilaturas en Feira a comienzos del siglo XX. Maria Amélia Santos Costa, natural de Espargo, fundó el Museo de la Sombrerería. Cuando la última fogaceira de la procesión de enero cruza la Praça da República y deposita la torre de masa sobre el puesto, el alivio en los hombros es visible. En los dedos queda la marca de la harina y el azúcar.