Artículo completo sobre Santa María de Lamas: el pueblo donde el pan es flor
Cada 20 de enero el aroma a fogaça llena sus calles de niebla y procesión
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El olor a pan recién hecho se cuela por las rendijas de las puertas de madera. Son las seis de la mañana y ya treinta hornos de leña calientan Santa Maria de Lamas, preparando la masa fermentada que desde hace siglos define a esta parroquia. El humo asciende despacio entre los tejados, se mezcla con la niebla que el arroyo de Lamas arrastra desde los maizales y dibuja en el aire una geografía de aromas: levadura, roble quemado, azúcar caramelizado. Aquí, la fogaça no es solo un dulce: es calendario, es promesa, es memoria colectiva que se amasa cada día.
Cuando la peste pidió pan en forma de flor
La historia empieza en 1554, cuando la peste amenazó con diezmar la población. Las mujeres de Lamas hicieron un voto a San Sebastián: si el santo protegía la aldea, entregarían cada año panes con forma de flor. La peste retrocedió. La promesa quedó. Desde entonces, cada 20 de enero, decenas de chicas vestidas de blanco recorren las calles con bandejas de fogaceiras en la cabeza, acompañadas por el son grave de los bombos de la Sociedade Musical Lamas y el crujido de las concertinas. Las antorchas proyectan sombras sobre las fachadas encaladas, y la procesión avanza despacio hasta la Capilla de San Sebastián, donde la imagen barroca del santo aguarda, impasible, el cumplimiento de un año más de devoción.
La iglesia parroquial, levantada entre 1748 y 1771 bajo la dirección de Carlos Amarante, guarda en su interior la talla dorada de José de Almeida que brilla a la luz de las velas y los paneles de azulejo de Policarpo de Oliveira Bernardes que narran, en tonos de cobalto, episodios de la vida de María. En el atrio, el cruceiro granítico de 1592 resiste al tiempo y a la lluvia, testigo silencioso de siglos de procesiones, ferias y despedidas.
Tierra que se ablanda después de la lluvia
El nombre «Lamas» no es casual. La Carta de Donación de 1258 menciona «Lamias», en alusión a las zonas pantanosas que cubrían el territorio. Aún hoy, cuando llueve con fuerza sobre los 375 hectáreas de pizarra y granito, la tierra responde con un manantial temporal: el Olho de Lamas, que brota en las zonas bajas y transforma los caminos en espejos de barro oscuro. El río Caima y sus afluentes dibujan valles verdes donde pastan las vacas de raza Arouquesa, animales de pelaje marrón y mirada dócil que dan origen a la Carne Arouquesa DOP —base de la chanfana que hierve despacio en las cazuelas de barro de los restaurantes locales.
Los campos alternan entre pastos y maíz, salpicados de bosques de roble alvarinho y alcornoque. El Trilho das Fogueiras, de 8,3 kilómetros, une Lamas con el Castillo de la Feira, serpenteando entre levadas donde garzas reales pescan al amanecer y el sonido del agua se mezcla con el canto de los mirlos.
Horno, barro y bucho relleno
La gastronomía de Santa Maria de Lamas gira en torno a tres elementos: el horno, el cerdo y la vaca. La Fogaça da Feira IGP, masa fermentada moldeada en forma de flor con ocho pétalos, sale de los hornos de leña aún templada, espolvoreada de azúcar que cruje al tacto. En agosto, durante la Feria de Artesanía y Gastronomía que ocupa el Rossio da Feira desde 1983, se recuperan platos olvidados: papas de sarrabulho, arroz de cabidela, anguilas en escabeche pescadas en el Caima. En 2019, veinte cocineros voluntarios batieron el récord nacional al cocinar un bucho relleno de 312 kilos —hazaña registrada en el Libro de los Récords Portugueses y aplaudida por 1.500 visitantes.
En los talleres de cerámica de la Rua do Moinho aún se reproduce la loza tradicional de Lamas, cuencos de barro vidriado donde se sirve el caldo verde, y en las antiguas dependencias de la fábrica de José Joaquim Moreira se enseña a moldear el bolo de São Sebastião, denso de miel y nuez.
El eco de las antorchas
Cuando termina la procesión de enero y las chicas depositan las bandejas en el atrio de la capilla, queda en el aire algo más que el olor a cera derretida. Queda la certeza de que hay lugares donde la promesa no envejece, donde el fuego de los hornos enciende cada mañana la misma llama que ardió hace quinientos años —y el pan, siempre en forma de flor, sigue siendo entregado en manos que tiemblan de frío y de fe.