Artículo completo sobre São Miguel de Souto
Un pueblo sin campos, con corrales y una iglesia que los bueyes mudaron de sitio
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Las campanas de la iglesia doblan tres veces, nunca más. El sonido no se va: gira sobre los tejados como gaviotas que han olvidado la ruta del mar. São Miguel de Souto no posee campos; posee corrales: el del señor Augusto, donde las coles crecen en fila india como colegialas; el de doña Alda, cuyo níspero se ha derramado sobre el muro y nadie lo endereza porque «hace sombra a las gallinas». La tierra es roja, se pega a las suelas finas y firma, en la entrada de cada casa, el nombre de quien llega.
Piedra que cambia de sitio
No reconstruyeron la iglesia: la arrastraron. Cuentan que los bueyes tiraron de los muros de piedra durante tres días, con las campanas chirriando dentro de sus cajas de madera. El nuevo emplazamiento quedó más cerca de la carretera que sube hacia Feira, donde el polvo salta y se adhiere a los cristales. Hoy el templo parece más grande de lo que es porque el cementerio, en la cima, lo empequeñece. Las lápidas repiten apellidos: Silva, Silva, Silva. Entre ellas, un hueco aguarda al Silva que aún no ha muerto.
Sabor y fiesta
No hay restaurantes. Hay la tasca de Zé Manel, que abre cuando se levanta —a veces a las diez, otras a las dos—. Sirve bitoque con huevo estrellado y servilletas de papel que se deshacen en el jugo. La Carne Arouquesa solo aparece los domingos, traída en una fuente de loza de la abuela y repartida entre vecinos que se sientan en el umbral. La fogaça hay que comprarla en la panadería de Feira, aún caliente, y comerla en el coche con las ventanillas subadas para que el azúcar no vuele. La Festa das Fogaceiras es cosa de quien tiene hijas: las visten de blanco, les pintan las mejillas de rojo y ellas lloran porque las flores de papel pican el pecho. La procesión pasa lejos; aquí solo se oye la batería de la banda cuando el viento da la vuelta.
Geografía del silencio
El silencio tiene hora: de cuatro a cinco de la tarde, cuando los niños aún no han vuelto del colegio y las sirenas de la fábrica de al lado no han pitado. Entonces se escucha el goteo del grifo dentro de la casa del Sequeira, el perro del Chico ladrándole a su propio eco, el tractor de Joaquim que nunca arranca a la primera. Caminar es esquivar al perro de doña Amélia: está atado, pero salta lo bastante para que te llegue el aliento. No hay mapa. Hay el atajo tras el granero, donde el olor a estiércol es tan denso que se siente en los dientes, y hay el camino de asfalto donde las piedras saltan y te dan en los tobillos. Cuando el sol se pone, las ventanas se encienden una a una, como si la parroquia hiciera señales de humo a la sierra que la rodea.