Artículo completo sobre Vale: donde la campana guía entre maíz y vacas arouquesas
Pasea por este pueblo de Feira, su iglesia dorada, sus capillitas y el olor a fogaça en enero
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La campana de la iglesia de São Sebastião da las horas como quien llama a la puerta del vecino: dos, tres, y se deja estar. El sonido resbala por las tejadas, baja por los valles y se pierde en los sembrados de maíz antes de alcanzar el Caima. Estamos a 188 metros de altitud, pero el terreno se arruga como sábana mal tendida: se sube, se baja, y en mitad del camino aparece un corral de piedra donde las vacas arouquesas nos miran como preguntando «¿vienen los alemanes de mochila?».
Memoria grabada en canteras y oros
La iglesia parroquial está ahí desde el siglo XVIII, levantada sobre una capilla que ya nadie recuerda dónde se alzaba. Dentro, los retablos son tan dorados que hasta el cura parece tener brillo propio. Los azulejos cuentan santos y bichos, pero lo que más marca es el San Sebastián del altar mayor: flechas en la mano, cara de año complicado. Cada viernes alguien le lleva claveles frescos y, a cambio, le pide lluvia a su hora o hijos que no se marchan.
Por el camino hay tres capillitas que solo abren en días de fiesta y un puñado de casas señoriales con escudos borrados por el tiempo —el mismo que se lleva la pintura y deja las ventanas de guillotina batiendo cuando el norte aprieta. Los molinos, esos, están todos rotos: las ruedas partidas, las muelas convertidas en mesas de café y los canales usados ahora por los críos para hacer equilibrios.
Enero huele a mantequilla quemada
Es en enero cuando Vale sacude el traje. Empieza la víspera, con las mujeres amasando a medianoche para que las fogaças salgan redondas como ruedas de tractor. Luego llevarlas en la cabeza es como cargar una tabla de surf: hace falta oficio y buen chaleco para no acabar con azúcar en los ojos. El cortejo baja por la carretera nacional, el cura abre la marcha, la banda toca el fuelle y los visitantes se preguntan cómo eso aún no ha salido en la Guinness. Al ponerse el sol siempre queda alguna fogaça partida y un vaso de vino verde que el alcalde niega haber ofrecido.
Lo que se come (y lo que se espera)
Si aparece a la hora de comer, hay dos opciones: o prueba chanfana o escucha la charla de quien la probó. Vaya con el estómago despejado: el cabrito se sumerge en vino tinto y rescata del fuego lo que el tiempo le quitó. Acompañado de batoca —pan de masa madre—, cura resacas y promesas incumplidas. Para los más cautos, hay Arouquesa a la brasa: la vaca que solo come hierba y huele a mantequilla incluso antes de ser vaca. Al final insisten con los bilhóres: parecen rosquillas de feria, pero son más honestas y no engañan a nadie.
La caminata que nadie pidió (y todos agradecen)
Deje el coche en la plaza de la iglesia y póngase en marcha. Son cuatro kilómetros haciendo como que hacemos ejercicio, pero lo que se busca es el corral abandonado donde la hiedra se ha comido la puerta y el hórreo que parece un minarete en miniatura. Desde lo alto de la aldea asoma el Castillo de Santa Maria da Feira, haciéndose el importante, pero lo que se queda en la memoria es el silencio —ese que solo se oye cuando el viento decide irse a otro lado.