Artículo completo sobre Cedrim: minigolf, chanfana y 60 hórreos entre la sierra
Pueblo de Sever do Vouga donde la pelota cruje en cemento y la chanfana se cocina solo cuando toca
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El golpe seco de la pelota contra el cemento —sí, cemento, el césped sintético es cosa de ciudad— resquebraja el silencio del claro. En el minigolf de Cedrim, levantado en 1993 por gente que no tenía nada mejor que hacer, los niños anotan los tantos con tiza sobre los obstáculos de madera de palet. La bola desaparece en el hoyo 12 y, al fondo, la sierra del Sur parece más cerca de sus 470 metros reales.
Piedra que habla
Sesenta hórreos —sí, alguien los contó— se alzan entre las casas como centinelas de una época en que el maíz valía más que el euro. En la plaza de la iglesia parroquial, el cruceiro de piedra tiene un hueco en el centro: dicen que es para recoger agua de lluvia, pero los mayores saben que sirve para espantar a las brujas. El primer domingo de mayo, la procesión de Nuestra Señora de la Salud baja la cuesta en silencio y las mujeres dejan caer pétalos de rosas blancas que los chicos recogen después para ponerse en la gorra.
La Estrada de los 7 Arcos es un reto: siete puentes de piedra en tres kilómetros, cada uno más estrecho que el anterior. El granito está liso de tanto coche que ha rozado, y bajo ellos las regatas corren rápidas incluso en agosto. El pozo de la Broca es hondo: los críos se retan a ver quién salta desde el peñasco más alto, pero solo después de ver a los padres hacerlo primero.
Chanfana que no se improvisa
En «O Moinho», la chanfana se cocina cuando tiene que cocinarse. Antonio pone la olla al fuego a las nueve de la mañana y no sirve hasta la una y media. El secreto es el vino tinto de Lafões que va a buscar personalmente a la Cooperativa —«si no es el de allí, no vale», asegura—. La carne se deshace, sí, pero lo que queda en la boca es el sabor del pimentón que la abuela traía de Viseu. Los viernes hay anguilas: los chicos las pescan por la mañana y por la tarde ya están en escabeche en la barra, esperando que alguien se las lleve a casa en tarros de cristal.
Sendas que no van a ninguna parte
El PR4 empieza detrás de la iglesia y acaba… detrás de la iglesia. Son cinco kilómetros en los que se ve todo y nada: el molino de Brandão, donde Manel aún muele el maíz del año pasado; la levada que regaba las huertas, ahora tomada por helechos que esconden a los sapos; el mirador donde vienen los novios los domingos, aunque nadie reconoce haberlo pisado. Los días de niebla, la senda desaparece: hay que andar derecho y rezar por no caer al regato.
Gente que se quedó
Antonio de Sousa Lopes pintó lo que veía desde la ventana de casa: el Vouga haciendo un meandro, el eucaliptal que plantó su padre, la mujer del horno tendiendo sábanas. Los lienzos están en Aveiro, pero los nietos tienen copias en casa —«para no olvidar», dicen, aunque nadie recuerda ya el rostro del abuelo—. El padre Joaquim escribió sobre Cedrim durante 40 años, pero el manuscrito duerme en una caja de zapatos en el archivo de la junta parroquial: «es demasiado para meter en un libro», afirman. El doctor José Pereira vacunó a media generación contra la tuberculosis con una jeringa que hervía en agua y vinagre. Aún hay quien guarda la cartilla con el sello en blanco y negro.
El 20 de enero se encienden hogueras junto a la capilla de San Sebastián. Las mujeres traen bollos secos en bandejas cubiertas con mantitos de chita, los hombres llevan leña de pino que arde oliendo a resina. Cuando se apaga la última brasa, cada uno se lleva un carbón a casa: dicen que protege de la tormenta. Es uno de los días en que todo el pueblo se junta, y cuando el frío aprieta siempre hay quien guarda un bollo para el vecino que no puede bajar.