Artículo completo sobre Rio de Moinhos: molinos mudos y cordero que se deshace
Valle de Aljustrel donde el Lucefecit mueve selfies y la iglesia vigila
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La tarde derrama su oro sobre el agua y me trae a la memoria lo que solía decir mi abuelo: «El Lucefecit es como el café de César: parece que no, pero acaba sirviendo». Rio de Moinhos no necesita traducción: las ruinas de los molinos desperdigadas por el valle bastan para explicar por qué se llamó así y no, por ejemplo, Aldea de las Tres Fuentes. El río sigue corriendo, solo que ahora mueve turbinas de selfies en vez de ruedas de madera.
La iglesia que vigila el Lucefecit como quien controla la cuenta del mes
La iglesia de Santiago se alza en lo alto como quien quiere saber a quién pertenece la pelota cuando cae en el patio. Levantada a finales del siglo XIII, guarda en su interior la lápida de don Gonçalo —un hidalgo que falleció en 1290 y que, según el párroco, «descansaba aquí desde siempre, solo que nadie le había pedido la cuenta». Las pinturas murales del XVIII están desvaídas como vaqueros de segunda mano, pero aún se distingue a Santiago subiendo y bajando del caballo, algo que él y los alentejanos tienen en común: les gusta irse, pero más volver.
Lo que la tierra esconde y el tiempo descubre
Bajo las encinas quizá haya más hierro que en las minas de Aljustrel, pero eso es conversación de quien ya se ha tomado unas cervezas. Lo cierto es que el ondulado paisaje, a 98 metros de altitud, invita a descansar la mirada: dehesa, olivar y un par de perros guardianes que ladran solo por protocolo. No hay senderos señalizados; hay, eso sí, caminos de tierra que abre el tractor cuando toca sembrar. Lleva agua, lleva sombrero y no esperes cobertura: aquí WhatsApp llora antes de enviar la foto.
Lo que se come sin necesidad de Instagram
A la mesa llega lo que da la huerta. El cordero del Bajo Alentejo IGP es tan tierno como una promesa de novio y sabe a hierba buena que solo conocen los que pastorean. El queso de Serpa DOP, cuajado con cardo y paciencia, se derrama sobre el pan caliente como quien se despide y aún así se queda. No hay plato de autor; hay puchero en el fuego de leña y servilleta de tela —si necesitas más, puedes pasar tú por la cocina, que la puerta está abierta.
El ritmo de una aldea que aún da cuerda al reloj
Rio de Moinhos tiene 2 893 habitantes, pero parecen menos porque cada uno cultiva su silencio. La edad media sube y la juventud baja hacia Beja o Lisboa, pero los que permanecen saben que el Lucefecit no está de vacaciones: lleva el agua, lleva la mancha de las lluvias y, de vez en cuando, se lleva una gallina despistada. No es sitio para quien busca selfie instantánea; es sitio para quien lleva el tiempo en el bolsillo y deja que los zapatos se ensucien de polvo. Acércate, escucha el río y comprenderás que la rueda, aun rota, sigue girando —despacio, como quien no quiere molestar.