Artículo completo sobre São João de Negrilhos: olor a tierra y silencio
Casas bajas, ermita sin llave y horizonte infinito en Aljustrel
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El sol matutino aún no castiga cuando el olor a tierra húmeda se eleva de los surcos. Aquí no hay alcornoques altos: lo que se ve son encinas bajas y olivares retorcidos, y los campos de tomate en bancales que el tractor baja a botes. São João de Negrilhos despierta con el chirrido de la verja del señor Joaquim, que sale a las seis para regar el maíz antes de que el viento de levante se lleve el agua. La planicie, eso sí, es real: 91 metros sobre el mar, pero parece menos, porque el horizonte es una regla.
Un nombre que viene del barro
La aldea aparece por primera vez en un pergamino de 1532 como «Aldeia de Negrilhos» —nadie sabe con certeure de dónde viene el nombre; los mayores dicen que era por las negrilhas, hierbas que crecían en el charco donde hoy está el depósito del ayuntamiento. Solo más tarde, después de que la iglesia fuera mandada construir por D. Francisco de Lemos en 1808, el cura Amaro empezó a empeñarse en lo de São João. El templo es pequeño, con el muro principal rajado desde el terremoto de 1969; huele a cera y a ropa guardada, y el techo de madera cruje cuando alguien se arrodilla en los escalones de la nave.
Ermita sin llave
En la Dehesa del Monte S. João, la ermita de Santa Margarida no tiene llave desde 1952. La puerta se abre empujando con el hombro: dentro hay media docena de bancos de madera, un cáliz de hojalata y un cuadro con la santa desconchada. Si se baja la vista al suelo de tierra apisonada se ven huellas de jabalí —y, alrededor de la capilla, las naranjas que nadie recoge. Cuatro siglos parecen poco cuando uno está ahí: el tiempo huele igual que la esteva de fuera.
Casas que aguantan
La arquitectura es lo que quedó: casas bajas, puertas azules que antes eran verdes, chimenea ancha para caber la leña de la encina. En los lugares —Montes Velhos, Aldeia Nova, Jungeiros— las viviendas nuevas de ladrillo se alzan junto a las antiguas, pero aún se hace tejado con media caña y aún se blanquea el muro con cal viva. Son 78 km², sí, pero lo que importa es que del centro al final de la carretera se tardan dieciséis minutos en coche, contando la parada para cerrar la verja de las vacas.
Agua que subió desde abajo
El monte no desapareció —solo se fue arriba de las colinas. Abajo, el agua del Alqueva llegó en 2006 y convirtió la tierra pobre en tablero de tomate. Ahora hay pivots que pitan a las tres de la madrugada y camiones que salen cargados hacia España. Aún se saca corcho, pero es negocio de gente con tiempo: una encina bien cuidada da corcho cada seis años, tiempo suficiente para que nazca un nieto y otro se vaya a la Universidad de Évora.
Lo que hay en la mesa
En la mesa cambia el día de la semana. Hay açorda cuando el pan está duro; estofado de cordero solo en fiesta —la carne del señor Aníbal se deshace de verdad, porque él corta a cuchillo lo que mata en la quinta. En verano, sopa de tomate con hierbabuena de la ribera; en invierno, migas con col y panceta. El queso es siempre de Serpa, pero comprado en la fábrica de Vale de Vargo, donde aún se puede ver el cuajo escurriendo en el paño de algodón.
Feria que reúne primos
La feria de abril es en el recinto de hierro junto a la gasolinera. Se ven tías que no se veían desde el entierro de José Carlos, se venden alicates chinos y lechones de 7 kilos. En junio, la procesión de São João baja la calle principal con la banda de música fuera de tono; por la noche hay bifanas y cerveza a 1,50 €, y los chicos de Aljustrel vienen a ver si ligan. Entre estos días, el calendario se hace de misa de difunto cuando alguien muere, de partido en el campo de tierra cuando el día se alarga, de café en el Celeiro antes de ir a la huerta.
Quien quiera pasear debe dejar el cargador del móvil en casa. La senda del Monte S. João empieza en el cruce donde hay un molino de viento sin aspas: se sigue el valle hasta el arroyo, se sube la ladera donde las estevas son altas como para esconder a un niño. Al atardecer, cuando el sol se pone tras el cantil y el girasol se dora como pan tostado, se oye al primer perro ladrar y se huele la leña que alguien enciende para la cena. Es en esa hora —entre la luz que se va y el humo que sube— cuando Negrilhos muestra lo que es: un sitio que no pide visitas, pero acepta al que se queda.