Artículo completo sobre São Marcos da Ataboeira: silencio y charcas del Alentejo
São Marcos da Ataboeira, en Castro Verde, teje historias de charcas, molinos y campanas que se pierden entre alcornoques.
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Las campanas de la iglesia de San Marcos repiquetean tres veces al mediodía y el sonido se desliza por la llanura, roza los muros de piedra y muere junto a los alcornoques. Las ovejas ni se inmutan: ya saben que es la hora. Aquí, en el Campo Blanco, el silencio es como la cerveza que sirve José Manuel en el bar: parece escasa, pero basta para acompañar todo el día. Entre el crujido de las encinas y el gorgoteo de las garzas boyeras, aún se oye el tractor de Joaquín levantando nubes de polvo que parecen sacadas de un western barato —pero son nuestras.
La charca que bautizó el lugar
Ataboeira viene del árabe al-ta'bayra, «la charca». Cuando los mayores dejan fluir la conversación, aseguran que aún se encuentran en los arroyos los zapatos perdidos de los franceses: los pobres entraron en las aguas pensando que apenas mojarían los pies y se ahogaron en promesas de Wellington. Hoy, los únicos invasores son los cucharones que bajan en los días fríos y los críos del pueblo que se lanzan a los charcos como si fueran playas privadas. La iglesia sigue ahí: una sola nave, unos azulejos que narran la vida de San Marcos (el evangelista, no el dueño de la tienda) y un picota que la junta parroquial decidió colocar junto a la puerta, quizá para recordar que los tiempos de mandar en la aldea ya pasaron.
El molino y la memoria de las manos
Arriba, el molino de viento se ha convertido en museo —léase: una sala con dos tazas rotas y una prensa de aceite que nadie se atreve a tocar. Pero si concerta cita con doña Idalina, ella le enseña el telar de la abuela Quiteria, que tejió hasta los 90 años y murió con la cuenta clara: «morí como viví, con la hebra en la mano». Las nietas aún hacen demostraciones, pero confiesan que el secreto era el chupito de aguardiente a media tarde —«para que el telar no desgastara las uñas». Fuera, las aspas crujen como las rodillas del herrador Manuel, que juraba que el viento le daba consejos: «ve despacio, que la prisa es de los tontos».
Cordero asado y aguardiente de madroño
El 25 de abril, día de San Marcos, el pueblo huele a cordero quemado y a política. El horno de la cooperativa se llena de asados regados con vino blanco que Antonio hace en el garaje —dice que es ligeramente dulce, pero quien lo bebe asegura que sólo le falta azúcar. En la mesa, el queso Serpa llega con compota de higo chumbo que doña Lurdes prepara con las gafas en la punta de la nariz, y el tocino de cielo es tan dulce que hasta el cura perdona los pecados de anteayer. Al caer la tarde, reparten botellas de aguardiente de madroño con un grano de café dentro —«da color y excusa para otro trago», resume el señor presidente de la junta.
La ruta de la encina y la puesta de sol en el Campo Blanco
El sendero «Ruta de la Encina» son 8 km de subida que empiezan en la puerta de la iglesia y terminan donde José de los Altos plantó un banco de cemento para ver la puesta de sol. Desde arriba, el Guadiana parece una cinta perdida y el Campo Blanco se extiende como una alfombra de corcho que alguien olvidó enrollar. En otoño, el suelo resbala de bellotas y el olor a tierra mojada recuerda al pan que la abuela metía en el horno. Cuando se pone el sol, el silencio es tan denso que se oye al propio estómago recordando que el cordero fue hace horas.
Cuando cae la noche, el espiguero comunitario proyecta una sombra que parece querer abrazar la plaza. Dentro, espigas de maíz esperan desde 1950 —nadie las quiere, pero nadie se atreve a quitarlas. Es como la tradición: no sirve para nada, pero ocupa el sitio justo. Y en el aire flota el olor a leña que salía de las chimeneas, mezclado con el aroma del aguardiente que Aníbal destila en el sótano, aunque su mujer diga que eso es «negocio de locos». Pero, entre nosotros, ¿quién le va a contar que todo el pueblo compra allí?