Artículo completo sobre Alcaria Ruiva: el silencio que se mastica
En Mértola queda este caserío donde el tiempo se mide en estofados y se oye al río respirar
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El silencio aquí pesa. Se te adhiere a la piel como el calor de agosto. No es ausencia: es el chirrido de la puerta del único bar que abre a las siete, el zumbido de las abejas en los alcornoques, el rumor lejano del tractor del señor Joaquim que sube la sierra a revisar los corderos. La pista de tierra, socavada por el invierno, levanta un polvo que se te cuela en los calcetines y te dura en los pulmones días después de marcharte.
Alcaria sin prisas
Dicen que alcaria viene del árabe para «casarío disperso». Disperso es poco: hay casas que solo se localizan preguntando al pastor más próximo, y también él duda. La ermita aneja al antiguo pazo no siempre tiene párroco; cuando hay misa, le avisan la víspera por teléfono fijo, el único que coge cobertura. No hay fiestas, pero el día de San Blas la vecina Albertina prepara filhós con miel y las lleva a la entrada del camino, envueltas en papel de aluminio. Quien pasa, come. Punto.
Entre el monte y el río
El sendero al Chança empieza tras la verja morada que siempre está abierta. Tres kilómetros de tierra apisonada donde el pino carrasco marca el medio: a la izquierda, la finca del inglés; a la derecha, el monte que Joço heredó y aún no decide si vender. En verano, el olor a brezo quemado corta la respiración; en invierno, el barro se pega a las suelas y obliga a mirar el suelo para no quedarse descalzo. Junto al agua, las tortugas se oyen antes que verse: «ploft» — zambullida, círculos que se ensanchan. El águila perdicera no aparece todos los días; cuando lo hace, cruza la vega en silencio, sin aplauso.
Lo que se come, lo que se guarda
En el único restaurante (abre viernes a domingo, o previa llamada) sirven estofado que Doña Lurdes deja en la cocina de leña desde las siete de la mañana. Lleva cordero del vecino, aceite del molino de São João dos Caldeiros, pan de ayer. No hay carta: se pregunta qué hay y se acepta. Cuando se acaba el cordero, toca açorda de bacalao — siempre con huevo escurrido por encima, siempre regada con aceite que tiñe el plato de naranja. Para beber, se lleva botella de casa o se compra agua del grifo: no hay licencia para vender vino, pero nadie recrimina al que trae. ¿Sobran migas? Se enrollan en el plástico y se le dan al perro, que ya está esperando.
Ruinas que hablan
Las ruinas de la «Casa Grande» están tras el muro de piedra en seco cuyo tejado se vino abajo en 2012. Se entra por donde fue la puerta, entre el silencio y las higueras bravas que han crecido dentro. El lagar aún conserva la prensa de madera sujeta al techo: alguien, un día, cortó la cuerda y quedó suspendida a mitad de camino. En el suelo, restos de hoguera: cazadores o adolescentes de fuera, no se sabe. Se lleva un tapón de frasco para fotografiar el reflejo del cielo en la lámina de agua quieta; también se lleva sudadera, porque el viento baja el valle y pone la piel de gallina incluso en julio.
Al atardecer, el sol se recuesta contra la sierra y tiñe todo de óxido — de ahí el nombre, dicen los mayores. Las sombras se alargan, el polvo aún flota, el bar cierra a las ocho. Quien se queda oye al primer perro ladrar, luego al segundo, luego el silencio que vuelve a caer, pesado como una manta.
Datos
Población: 630
Altitud: 169,3 m
Distrito: Beja
Municipio: Mértola