Artículo completo sobre São João dos Caldeireiros: aguas que curan la resaca
Parque Natural entre Mértola y el Guadiana, con iglesia blanca y queso Serpa
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El olor a azufre sube de la fuente como quien abre una botella de agua con gas pasada dos días. En las Águas Santas, el agua brota de la roca con esa frialdad de bodega que duerme las manos en tres segundos. Dicen que cura; lo que yo sé es que, tras beber, no hay resaca que aguante. Es aquí, entre encinas que parecen anteriores al 25 de Abril, donde se sostiene São João dos Caldeireiros: 442 personas repartidas en un territorio donde cabrían 44 000.
La cal que bautizó el lugar
Caldeireiros eran los tipos que quemaban piedra para hacer cal. Así de simple. Había hornos por todas partes; hoy solo quedan agujeros en la sierra que semejan cráteres de meteorito en miniatura. La iglesia de São João es lo que es: una caja blanca con campanilla que suena aguda, sin grandes pinturas ni florituras. El monumento es el conjunto: casas de piedra apretujadas como viejos en el banco del Retiro, cada una con su ventana torcida y la puerta que chirria en el mismo sitio desde hace doscientos años.
Entre la sierra y el Guadiana
Esto es Parque Natural, lo que significa que el buitre tiene prioridad sobre el hombre. El arroyo de Carreiras solo lleva agua cuando llueve de verdad; el resto del año es un corte seco en el terreno, como grieta en hogaza de pan de pueblo. Pero por eso se levanta la vista y se los ve planear: basta con mirar arriba. Ahí están, con las alas abiertas como quien carga una toalla de playa al viento. La senda que une el pueblo con el Guadiana es una cinta de tierra apisonada donde el único tráfico son los jabalíes por la noche; dejan huellas que parecen huellas dactilares gigantes.
Lo que se come (y se bebe)
El aceite es de los que hacen toser un poco cuando se prueba a cucharada. El queso Serpa, cuando está en su punto, forma una corteza que huele a cueva húmeda; colóquese sobre pan de pueblo con un hilo de aceite y punto. El cordero es cordero, no oveja disfrazada: se deshace en la cuchara y pide más pan para mojar. Cuando hay espárragos trigueros —marzo, abril— las migas ganan ese amargor que corta la grasa del cerdo. Para terminar, un pan de rala y un café que parece petróleo. Si el requesón es del día, pidan raciones extra; regalan el arroz con leche de la abuela, pero solo si ella está de buen humor.
Por la noche, esto es otra película
Se apagan las luces y el cielo parece uno de esos planetarios de plástico que vendían en los Toys 'R' Us, pero en tamaño real. La Vía Láctea es tan clara que parecen nubes blancas. De día, el silencio es de los que hacen crujir los oídos; se oye el viento en las encinas como quien sopla en botella vacía. Mértola queda a media hora en coche, pero parece otro país: hay tráfico, hay restaurantes que cierran a las 22 h, hay gente. Aquí, a las 21 h solo se escucha el perro de José que ladra a la luna porque sí.
Cuando se pone el sol, la cal empieza a soltar el calor que ha guardado todo el día; es como el horno de la panadería después de cerrar. Alguien tira el pestillo de la puerta y el sonido recorre la calle entera, rebota en los muros como gota de agua en cubo de aluminio. Mañana las Águas Santas volverán a brotar a 18 grados, ni uno más ni uno menos. Lo demás —los 442, los hornos en ruinas, los buitres— es paisaje que se queda, terco, como chaqueta colgada en el perchero desde 1974.