Artículo completo sobre Pias: silencio de campana y sabor de cordero
En la parroquia de Serpa el Guadiana perfila el tiempo entre ermitas y quesos
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El sol aún no ha calentado del todo cuando el sonido de la campana de la iglesia parroquial rompe el silencio. Siempre me ha parecido más grande de lo que es, quizá porque la planicie lo amplifica: resuena en los muros encalados, se pierde en los montes donde la tierra empieza a ondular. Huele a tierra suelta y a alcornoque, mezclado con el humo de la primera leña que alguien ha encendido. Aquí, a 163 metros, Pias es lo que dice el mapa —parroquia de Serpa— pero es más: es el lugar donde aún se hace tiempo al tiempo.
Piedra y fe en el rastro medieval
Dicen que el nombre viene del latín pia, pero lo que yo sé es que hay piedra que habla. La iglesia parroquial, con ese portal manuelino que parece hecho de mazapán, está ahí desde que tengo memoria. Dentro, la luz entra de costado y pinta los altares de dorado, como cuando Olga de la tienda de ultramarinos envuelve los pasteles en papel de seda. La ermita de San Sebastián, al lado, es lo contrario: minúscula, paredes gruesas, una campana que parece de juguete. Las dos juntas son como José Manuel y su hermano: a uno le gusta ir de domingo, el otro siempre va en chanclas, pero son de la misma familia.
El sabor de la tierra y del rebaño
El cordero que se come aquí es el mismo que pastó en el dehesa donde fui a buscar setas el otro día. La carne, después de siete horas en la olla con romero y un diente de ajo de más (siempre de más), queda tan tierna que se deshace solo de mirarla. El queso es otra historia: el de Helena, cuando tiene tres meses, tiene esa corteza medio rugosa que recuerda la piel de mi abuelo después del campo. Se come con pan que aún está caliente, sentado a la mesa de la cocina, porque en el salón es para las visitas.
Donde el Guadiana dibuja el paisaje
El río queda al este, pero se siente por todas partes. Es él quien decide el verde de los valles, el sitio donde pasa el jabalí, la altura a la que madura el madroño. Hay una senda que va desde el puente hasta el molino del Maestro Andrés —son cuatro kilómetros, pero se tarda una eternidad porque se para a espantar perdices y se cogen granadas silvestres. Al final de la tarde, la luz rasante transforma la tierra en una fuente de cobre. Es en esa hora cuando las cigüeñas allá abajo parecen de porcelana.
Vivir al ritmo de la planicie
De los 2.542 vecinos, 700 ya tienen edad para cobrar la pensión y contarlo todo al céntimo. Aun así, hay quien abre una habitación para forasteros, quien hace dulce de calabaza para vender en la feria de Serpa, quien restaura una casa donde el techo se caía a trozos. A las tres de la tarde no se oye un gato, pero a las seis las sillas vuelven a salir de las puertas y el café se llena de conversación que va desde San Marcos a San Bento, pasando por el precio del gasóleo. Cuando vuelve a sonar la campana, ya todo el mundo sabe que es hora de irse a casa —unos para el Telediario, otros para la telenovela, los más tercos para la terraza donde el vino tinto se sirve en vasos de 200 ml, como manda la ley no escrita.
Por la noche, cuando las luces se encienden una a una y el perro de Nunes ladra a la luna, el silencio es tan denso que casi se mastica. Pero no está vacío: lleva dentro el crujido de la cama de doña Idalina, el silbido largo del tren que va a Beja, el murmullo del Guadiana que nadie oye pero todos conocen. Pias no se explica en folletos: se prueba en un plato de estofado, se mide en un paseo hasta el río, se guarda en la memoria como quien guarda un papel de chicle en el bolsillo.