Artículo completo sobre Vila Nova de São Bento: olor a leña y pan recién hecho
Entre olivos y casas de cal, el pueblo alentejano donde la campana suena cuando quiere
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El olor a leña no es solo un aroma
Es el recuerdo de los inviernos que no terminaban, cuando las chimeneas funcionaban día y noche y los niños aprendían a distinguer el roble del alcornoque por el humo. Se mezcla con el perfume acre del orujo de oliva que los agricultores siguen esparciendo en los olivares como hacían sus abuelos, una técnica que nadie sabe si trajeron los monjes benedictinos o ya estaba aquí cuando llegaron. La campana de la iglesia no da tres golpes secos —suena cuando le apetece, como quien no quiere la cosa, y las badajadas tardan en llegar porque el viento alentejano las enrolla y se las lleva lejos.
La cal que no es blanca
El blanco de las casas no es blanco —está sucio de polvo y de años, y cuando el sol da de lleno a las dos de la tarde, las fachadas cegan al que pasa. Las mujeres no charlan a la sombra de cualquier encina: están bajo la misma de siempre, la que plantó el abuelo de doña Rosa, y hablan del precio del aceite y de la nieta que se fue a estudiar a Lisboa y no volvió.
La iglesia parroquial huele a cera derretida y madera vieja. Los retablos de talla dorada no captan luz —están arrimados al muro lateral y solo se ven bien cuando se encienden las velas, algo que no ocurre desde que el nuevo párroco puso luz eléctrica. La casa del cura, eso sí, es de tapial, pero los muros gruesos no aislan de nada: en verano es un horno y en invierno las sábanas se quedan húmedas. El lavadero no tiene marcas de cántaros: tiene una depresión en el centro de la piedra donde las generaciones de gatos bebieron hasta que la fuente se secó del todo.
Missa de São Bento
La misa es a las nueve, no a las tres de la tarde, y los panes son en realidad bolos —se llaman bolinhos de São Bento y doña Ilda los hace con aceite nuevo que le trae el hijo de la finca. La feria de ganado acabó cuando cerró el matadero municipal, pero la gente sigue apareciendo para tomar una copa de medronho que José Manuel guarda en la barrica de roble desde el año pasado. El «entierro del bacalao» no tiene nada de satírico: es una excusa para beber vino tinto y comer sardinas asadas en medio de la calle, con los niños corriendo con almohada en la mano. El «canto de los reyes» solo ocurre si Joãozinho recuerda reunir a los amigos, porque los demás ya no quieren saber de ir de puerta en puerta a cambio de galletas que nadie hace como la abuela.
Lo que hay en la mesa
En la mesa manda lo que hay: si es invierno, açorda de panceta y huevo; si es verano, gaspacho con pepino de la huerta. El ensopado de cordero lleva menta, sí, pero es menta que crece en la esquina de la cisterna, la misma que la madre de Joaquim pone en la infusión cuando tose. Los tortilhos de Navidad ya no van rellenos de dulce de huevo: se compran en el Minipreço de Serpa y doña Ana dice que saben a papel. El queso Serpa se derrite en la sopa de verdolaga, sí, pero solo si es queso de verdad, no esa cosa que viene envasada al vacío y dicen que es DOP.
El montado que no llega al horizonte
El montado no se extiende hasta el horizonte —llega hasta la carretera que va a Mina de São Domingos, y después ya es otro municipio. Los cerdos alentejanos son pocos, casi todos están cruzados con blancos, y las bellotas son cada vez menos porque el alcornoque está enfermo. El arroyo de São Bento es temporal de verdad —solo lleva agua tres días al año, cuando llueve mucho en marzo, y se seca antes de llegar al Guadiana. La Ruta del Galvão no tiene ocho kilómetros —tiene seis y medio, y el punto de observación es un montón de tierra desde donde se ve la torre de Vodafone. Los buitres aparecen, sí, pero solo si hay suerte y no están haciendo obras en la IC27.
Feria del sobrante
En la feria mensual se vende lo que sobra de las fincas: miel que el apicultor Adelino no ha podido colocar, aceite que sobró de la almazara cooperativa y queso que hace doña Lucía en el sótano, aunque ya nadie lo quiere porque dicen que es demasiado fuerte. Los jueves la almazara abre, sí, pero es para que los del pueblo lleven las botellas vacías y las llenen directamente del tanque —no hay catas comentadas, solo José Pires diciendo que este año está más amargo porque las aceitunas se recogieron tarde.
Cuando el sol se pone
Cuando el sol se pone tras el muro de la finca de José Manuel, el montado se vuelve color óxido y el silencio es denso de verdad —denso de nada, de tierra quemada, de una aldea donde 1718 personas son 1718 historias de quien se quedó y de quien se fue, y donde el chirriar de la verja es el de José Pinto yendo a ver si el perro se ha escapado otra vez.