Artículo completo sobre Vila de Frades
Pueblo alentejano con 20 bodegas para 800 vecinos y vino de barro desde Roma
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Se huele el barro fresco y el vino en reposo antes de ver la puerta entreabierta de la bodega. Dentro, las tinajas de barro —algunas con más de cuatrocientos años— se alinean como botellas gigantes contra la pared encalada. Un hombre se inclina sobre una de ellas, sumerge el vaso de tres decilitros en la superficie oscura y prueba en silencio, de pie. Así se cata en Vila de Frades: nadie se sienta, porque nadie tiene prisa.
La herencia que llegó de Roma
La historia del vino en esta tierra es más antigua que el propio pueblo. A pocos kilómetros, entre olivares y ondulada llanura, las ruinas de la Villa Romana de São Cucufate están ahí como quien dice «ya cantábamos aquí». Hacían vino en ánforas de barro hace más de dos mil años. Cuando la aldea se consolidó en el siglo XVII, lo hizo en torno a la viña y a las tinajas que los alfareros del Telheiro moldeaban a mano, una a una. El secreto era sencillo: dejar que el vino fermentara al ritmo que marcara el otoño, sin termómetros ni artificios.
Veinte bodegas para ochocientas almas
Vila de Frades tiene 799 vecinos y veinte bodegas de vino de tinaja. Hagan cuentas: una bodega por cada cuarenta personas. Es la mayor concentración del país, quizá de Europa. Algunas son proyectos nuevos —como Talha de Frades, de Alexandre Frade, que ha colado sus tinajas en restaurantes de Londres—. Otras son tabernas donde el tiempo se mide por vendimias: la Taberna Zé Galante conserva una tinaja de 1610 que sigue en activo. La Adega António Zambujo, de 1879, ahora sirve también para conciertos de cante alentejano entre barricas centenarias.
El ritual de San Martín
El fin de semana del 11 y 12 de noviembre la aldea abre las puertas de sus «catedrales» —así llaman a las tabernas donde se prueba el vino nuevo por primera vez—. Se denomina Abertura das Talhas y el ritual es siempre el mismo: se lleva tapa de casa (chorizo, queso de Serpa, aceitunas con aceite), se sirven vasos de tres decilitros de uno en uno y el cante empieza cuando le apetece a la gente. El vino sale blanco, tinto o del tono anaranjado que aquí llaman «petroleiro» —un palhete que nace de dejar los hollejos dentro—. El resto del año las catas continúan: basta con llamar a la puerta.
Entre viñas y pizarra
El paisaje es de viñas en bancales, olivares plateados y dehesa de alcornoque. Pequeños arroyos temporales cruzan los campos y desembocan en el Guadiana. El camino a São Cucufate se hace a pie o en todoterreno, entre muretes de pizarra y el olor a romero que se intensifica al caer la tarde. Cuando el sol se pone, la luz rasante enciende la cal de los muros y oscurece las sombras de las tinajas visibles tras las ventanas abiertas.
Herencia literaria y barro vivo
Fialho de Almeida nació aquí en 1857 y escribió sobre este Alentejo como quien habla de la familia. Hoy, el alfarero del Telheiro sigue haciendo tinajas como hace siglos: sin receta, solo con el tacto de la arcilla húmeda entre los dedos. El grosor debe ser exacto: si es demasiado fino, revienta con el vino dentro; si es excesivo, el vino no respira.
Cuando se cierra la puerta de la bodega al anochecer, el silencio que queda es denso. Es el vino aún trabajando dentro de las tinajas, el eco de una tonada cantada hace un rato, el crujido del lagar antiguo. Vila de Frades huele a barro y a vino viejo. Es un olor que se lleva pegado a la ropa —y no hay lavado que lo quite.