Artículo completo sobre Caires: el silencio que huele a chanfana y miel
Pasea entre cortados de granito, vacas Barrosã y regatas secretas en esta aldea del norte
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El granito de los muros aún late con el calor del día cuando el sol se agota tras el Corno do Bico. En Caires, el silencio es otra cosa: un zumbido de nada que duele en los oídos de quien llega de la ciudad. Ochocientas setenta y ocho personas, sí, pero desperdigadas por tantos valles que unas ignoran el nombre de las otras. Las casas respiran, es cierto, pero también se arrastran unas contra otras como quien busca abrigo en las noches de invierno.
La parroquia se traga un trozo de la Serra de Bouro, donde el granito se agarra al suelo como colmillos. Las regatas bajan rápidas, tan pequeñas que no aparecen en los mapas, pero que los chicos conocen todas porque allí se aprende a nadar. La Carne Barrosã no es un mito: es la vaca que se ve desde el patio, que se oye mugir al amanecer, que se siente en el plato los domingos cuando la abuela prepara chanfana. La miel no tiene notas de brezo ni de castaño: sabe a miedo cuando el colmenar se adormece y el silencio se vuelve tan denso que se podría cortar con cuchillo.
La tierra que se recorre a pie
El Camino de Santiago pasa por aquí como quien no quiere la cosa. Los peregrinos paran en el café del Sr. Albano, donde el cortado viene con lupines y la charla sobre el tiempo se alarga hasta el siguiente cigarrito. Cuatro camas, sí; pero dos están en la habitación donde duerme la nieta cuando viene desde Francia, y otra es el sofá de la sala que el gato ya ha reclamado. Los tractores suben las cuestas cargados de leña mojada, dejando caer troncos que los críos recogen después para la escuela; cada uno es un caramelo de chocolate en el bolsillo del abrigo.
Ciento ocho niños parecen muchos hasta que ves que tres comparten aula en el primer ciclo, en la clase donde la maestra calienta sopa en invierno porque la calefacción nunca llegó. Las fiestas de Santo António son en junio, pero empiezan en mayo, cuando las emigrantes comienzan a llegar con los coches llenos de cajas de bacalao y los hijos que ya no hablan portugués. Los cohetes asustan a los perros, sí; pero es el único sonido capaz de tapar la voz de Doña Amélia llamando al nieto que ya tiene cuarenta años.
Vino que nace verde
No hay fincas, ni visitas guiadas, ni catas con pan de millo. Está la viña del Sr. António que trepa el monte en bancales tan empinados que las uvas se agarran al cielo. El vino verde no es verde: es casi blanco, tan ácido que cosquillea las amígdalas y tan fuerte que la resaca dura hasta el siguiente domingo. Se bebe en vasos de agua, se ofrece al vecino que ayuda a vendimiar, se guarda en garrafas de cinco litros que la hija se lleva a Lisboa «para no olvidar el sabor».
Las carreteras son estrechas, sí; pero es en la curva de la nacional donde se ve el Gerês a lo lejos, cuando el aire está limpio y el corazón ya no cabe en el pecho. No hay miradores, ni placas, ni selfies; pero sí el lugar donde el padre enseñó a conducir, el muro donde se sentó la prima a llorar cuando se marchó el emigrante, el cruce donde murió atropellado el abuelo por la autocar de las siete de la mañana.
Al atardecer, el olor a humo no sale de las chimeneas: viene del terreno de al lado, donde el vecino quemó ayer los zarzos y aún no ha apagado del todo. El pestillo de la verja rechina porque la herrumbre es heredada, transmitida de padres a hijos como el apellido. En Caires nadie corre: no por filosofía, sino porque las rodillas ya no dan, porque el corazón ya no quiere, porque no hay otro lado al que llegar.