Artículo completo sobre União das freguesias de Caldelas, Sequeiros e Paranhos
Piscinas a 48 °C, puentes romanos y el Camino de Santiago cruzan esta unión de aldeas amarenses
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El vapor sube de las piscinas termales al aire libre, dibujando espirales blancas contra el verde denso de la sierra de Bouro. El agua mineral nace a 48 °C, cargada de sales y minerales que convierten Caldelas en destino de cura y reposo desde hace siglos. El olor sulfuroso se mezcla con el aroma de los castaños que bajan por la ladera, mientras el río Homem murmura en algún punto del valle, escondido entre robles y helechos. Estamos en la unión de parroquias de Caldelas, Sequeiros y Paranhos, territorio donde el agua —termal, fluvial, pluvial— moldea el paisaje y la vida de los 1 125 vecinos que resisten el despoblamiento.
Herencia romana y puente sobre el tiempo
El granito lo domina todo. Las casas, los muros, los hórreos que salpican los maizales. El puente medieval sobre el río Homem, junto a Caldelas, se apoya en bases romanas: cada sillarejo da fe de un camino que no ha dejado de transitarse. El nombre Caldelas viene del latín calda, referencia directa a las aguas calientes que atrajeron primero a los romanos, después a la aristocracia minhota en el siglo XIX, y hoy traen a quienes buscan tratamientos de bienestar. Sequeiros deriva de sequi, quizá por los senderos que cruzaban estas tierras, quizá por la secuencia de parcelas agrícolas que aún se adivinan en las laderas. Paranhos designa terreno pedregoso: basta observar los afloramientos graníticos de la sierra de Bouro para entenderlo.
Peregrinos, senderos y capillas
El Camino de Santiago de la Costa atraviesa las tres localidades, trayendo peregrinos que salen de Braga rumbo a Ponte de Lima. Los bastones golpean el empedrado irregular, las mochilas crujen, las botas levantan polvo en los días secos o esparcen barro cuando llueve. La Capilla del Señor de los Afligidos y de la Señora de la Aflicción, en Caldelas, es parada obligatoria; en mayo, las romerías llenan el atrio de promesas y exvotos. La iglesia de Sequeiros se alza sólida, torre campanario de granito visible desde lejos, cuyo bronce marca las horas y los oficios. El Monumento Natural de la sierra de Bouro ofrece senderos entre robles autóctonos, con observación de aves y vistas sobre el valle del Homem. Aquí, a 257 metros de altitud media, la niebla matinal tarda en disiparse y deja los troncos oscuros húmedos y brillantes.
Bacalao, vino verde y miel de la sierra
En julio, el Parque de las Termas de Caldelas se convierte en escenario del Festival del Bacalao, cita que atrae a cientos de visitantes. Pataniscas doradas, bolinhos crujientes, arroz con alubias y lascas de bacalao que cocina el chef António Silva, figura local que elevó la tradición a arte. La Carne Barrosã DOP aparece en las parrilladas, rojões con pimentón colorau y papas de sarrabulho que humean en cazuelas de barro. La Miel de las Tierras Altas del Minho DOP, densa y ámbar, endulza los dulces conventuales: toucinho-do-céu y huevos moles que aún se preparan en las cocinas de las aldeas. El vino verde de la zona, blanco y fresco, lo acompaña todo, servido en cazuelas de barro o vasos sencillos, sin ceremonia. Las fiestas de San Antonio, en junio, reúnen a las tres comunidades en procesiones, verbenas con música tradicional y hogueras que arden hasta el amanecer.
Arquitectura de granito y memoria viva
Los hórreos dispersos por los campos son pequeñas joyas de funcionalidad: estructuras de granito y madera con listones entreabiertos para que el viente circule y seque el maíz. Las viviendas tradicionales conservan la materialidad original: muros gruesos de piedra, balcones de madera, tejados de teja neja. La densidad poblacional, 98,94 habitantes por kilómetro cuadrado, revela un territorio que aún respira, aunque los 385 mayores superan con creces a los 98 jóvenes. Los 30 alojamientos disponibles —apartamentos, casas unifamiliares, establecimientos de alojamiento— acogen a peregrinos, turistas termales y familias que buscan la sierra de Bouro.
El agua caliente sigue brotando; el vapor sube al encuentro del aire frío de la madrugada. La campana de Sequeiros repica a lo lejos, retumbando en el valle. Un peregrino ajusta la mochila junto al puente romano, listo para reanudar el camino. El granito, húmedo de rocío, guarda en su textura áspera siglos de pasos, lluvias y silencios: memoria mineral que ningún vapor disuelve.