Artículo completo sobre Fiscal: badajadas en el valle del Cávado
Un pueblo de 712 almas donde el musgo cubre el granito y la parra da vino tinto
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El musgo y la badajada
El camino baja entre muros de granito donde el musgo crece grueso en los huecos que el sol no toca. Más allá, la campana de la iglesia da las doce: tres badajadas que se pierden en el valle del Cávado. Fiscal respira al compás de las cosechas: cuando la viña brota, cuando el maíz cruje en la mazorca, cuando las uvas tintan las manos de quien las siega.
Setecientos doce
Setecientos doce vecinos repartidos en casi cuatrocientas hectáreas de ladera. El río cercano convirtió estas tierras en viñedo; aún hay quien conduce la parra en alto para que el judío crezca a la sombra. El visitante de verano huele perro suelto y tierra recién quemada, mezclado con el humo de las hogueras donde se incinera la poda.
El francés pasa de largo
El Camino Francés a Santiago pasa por aquí arriba, pero quien lo recorre apenas lo nota. No hay flechas amarillas, solo el firme de cemento que sube hasta la iglesia. Cuatro casas acogen peregrinos: dos tienen piscina, una gallinas. En junio, durante las festas de Santo António, el camino se llena de coches aparcados sobre las acequias y de niños botando en un hinchable que el ayuntamiento trae desde Braga.
Bancos de cemento y mochilas
Por la mañana, los mayores se sientan en el banco de cemento a la sombra del plátano. Fuman, escupen, comentan a los transeúntes. A las cuatro suena la salida del colegio de Amares y 87 críos invaden la única calle llana, gritando, con la mochila golpeándoles la espalda. Los 145 ancianos se van muriendo; los que nacen son pocos.
Tacho de hierro
En la cocina, la carne Barrosã cuece despacio en el puchero de hierro con patata y col. No lleva especias: el sabor sale de la vaca que pastó en la sierra. La miel es oscura, densa, con gusto a castañar en flor. Las abejas trabajan en la sierra de Bouro, donde el robledal resiste y huele a tierra blanda tras la lluvia.
Agua y granito
El Cávado roza la parroquia con suavidad. Las huertas crecen en la tierra negra de la vega; aún hay quien abre a mano la compuerta cuando la acequia trae el agua. Al remontar, el granito asoma. El viento cambia: trae a veces olor a heno, a veces resina del pino albar.
Cuando cae la tarde
Al caer la tarde, cuando el sol raspa los muros y la piedra caliente empieza a soltar calor, se oye correr el agua en las levadas. Es un sonido continuo que recuerda que el río está abajo, que la sierra está arriba, que aquí el tiempo se mide por la cosecha, no por el reloj.