Artículo completo sobre Rendufe: el Minho donde el tiempo olvidó el reloj
Pueblo de acueducto y monasterio en Amares, Cávado y viñedos de verde esplendor
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El repique de las campanas resbala por el pinar como quien baja a la taberna: sin prisa, se va escuchando hasta la terraza. En Rendufe, el Cávado hace de frontera por el este y lo demás es campo: maíz, viña, dos docenas de casas y un monasterio que parece haber nacido antes de que inventaran el tiempo. Por la mañana, el sol golpea los 55 arcos del acueducto y la piedra se calienta como cuenco de sopa: señal de que el día ha empezado.
El monasterio que bautizó a los pastores
Rendufe viene de Randulfus, abuelo (o bisabuelo, ¿quién lo recuerda?) de Egas Pais, el noble que mandó levantar el Monasterio de Santo André en el siglo XII. Con el tiempo, Randulfi pasó a ser «lugar de los rebaños» —y lo era: ovejas por doquier, monjes contándolas, los demás pagando diezmos. Durante siglos la parroquia fue un couto que mandaba en nueve municipios; el león del escudo no es adorno, es recuerdo de cuando aquí se decidía quién comía y quién ayunaba.
Hoy el monasterio abre solo los fines de semana de julio a septiembre, a las 11 h, 15 h y 16.30 h. Se entra por la puerta lateral, se saluda al guarda que parece ese tío que nunca falta al domingo, y empieza la visita: talla dorada que aún centellea, órgano de 1700 y pico que, cuando suena, hace temblar las velas. El claustro es silencio absoluto —del que solo existe donde ya rezaron generaciones enteras sin despertador.
Agua, piedra y dónde perderse
El acueducto mide unos 300 metros, pero no tiene principio ni fin visibles: empieza en la huerta del señor Arménio, se sumerge en los sotos y reaparece junto al camino de tierra. Servía para llevar agua al convento; ahora sirve para que los niños cuenten fantasmas y los ciclistas se hagan un selfie. La subida a la Serra de Bouro empieza justo ahí: sendero señalizado, pinos que hacen de paraguas, mirador que permite ver todo el Minho —o lo que quepa en la pantalla de un móvil.
Lo que se lleva a la boca
Rendufe está dentro de la región de los Vinhos Verdes: blanco ligero, burbuja que casi pica, se bebe a la sombra de la parra. En la piedra del puchero se hacen rojões —carne de cerdo, pimentón, vino blanco, manteca hasta que tenga color de fuego—. Acompañado de broa de maíz, claro. Cuando se quiere lujo, se pide Carne Barrosã: vaquilla de la raza, grasa blanca que se derrite en la boca. De postre, miel de las Terras Altas —la cuchara se queda de pie— y toucinho-do-céu que justifica el nombre. En invierno caldo verde; en verano, cabrito al espeto regado con aceite nuevo. Regla simple: si el plato tarda más de media hora, el hueco de la cocina ya tiene una copa de tinto para el cocinero.
Fiesta, telar y peregrino
Santo António es en junio: procesión, banda, casetas de vino tinto y botellas de agua-pé que se beben de pie. Hay concurso de pasteles, gente de todo el municipio y fuegos artificiales que ponen a prueba la paciencia de los perros del pueblo. El tejido sobrevive en tres casas: telares de madera que marcan el compás, lino que huele a arreos, toallas con cuadros que mi abuela decía que «duraban dos vidas». El Camino de la Costa pasa por aquí —algunos peregrinos se desvían para ver el monasterio, la mayoría solo pregunta dónde hay agua y dónde comer. Señalas el café de Lúcio, dices «vaya despacio que la carretera engaña» y te despides con un «buen camino» que suena casi a despedida de familia.
Cuando el sol se pone detrás del acueducto, el olor a leña quemada se mezcla con el de la vid aplastada. La parroquia se hace pequeña, los coches bajan despacio hacia la carretera nacional y quien se queda solo oye el río y el perro del señor António que ladra contra su propia sombra. Rendufe no es lugar de grandes acontecimientos: es un sitio donde el tiempo se gasta bien, entre un vaso de vino y otro de agua, mientras la campana vuelve a tocar para recordar que aún es hoy.