Artículo completo sobre Airó: donde las cruces vuelven a casa
En este pueblo de Braga, la Festa das Cruces huele a cabrito y a cera en las calles empedradas
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La campana de la iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz suelta tres golpes secos que se pierden entre los bancales de viña. Es mayo, y el aire huele a cera derretida de las velas que arden junto a los cruceros de granito. En Airó, que el último censo contabilizó en 883 vecinos, la Festa das Cruces sigue devolviendo a quienes se marcharon. En las calles empedradas, el eco de los pasos se mezcla con el murmullo de las oraciones y el chisporroteo de las brasas donde asa el cabrito.
La cruz que bautiza el lugar
La devoción a la Santa Cruz atravieza siglos aquí, donde el viento sopla más fuerte. Cuentan que el nombre nació del latín Aerium —«lugar alto»— y quien camine por estos senderos de tierra roja comprende por qué. La iglesia parroquial custodia al Señor de la Santa Cruz, una imagen de madera ennegrecida por el tiempo y el humo de las candelas. En mayo, cuando los pasos sacan a la calle, las mujeres cubren los altares con colchas de lana heredadas de sus madres.
En las ermitas del campo, como la de San Sebastián, el granito frío guarda olor a humo y a incienso dominical. Son lugares que solo se llenan el día de la romería, cuando el párroco viene desde Barcelos y la gente se reúne en el atrio para hablar de la lluvia y de los hijos que se fueron a trabajar fuera.
Por los senderos entre el maíz y la viña
Airó se asienta en el enclave de valles donde se planta uva para hacer vino verde. Los caminos de tierra que van hacia Oliveira o Tamel suben y bajan entre muros de pizarra, cubiertos de musgo grueso y húmedo. En junio, el maíz ya alto forma túneles verdes que se mecen con la brisa.
El Camino de Santiago pasa aquí sin señales ostensibles. Los peregrinos paran en la fuente junto a la iglesia, llenan las botellas y preguntan si hay un bar cerca. No lo hay. Reemprenden la marcha hacia Barcelos con las botas cubiertas de polvo rojizo.
A la mesa, el sabor del Minho
En casa de mi abuela, el cabrito entra al horno después de la misa de las once. Las papas de sarrabulho se sirven en cuencos de barro que queman los dedos, y el vino tinto de la casa viene en botellas de plástico que antes contenían gaseosa. El pan lo trae el panadero que pasa los miércoles: aún caliente, con una corteza que cruje.
No hay restaurantes en Airó. Sí hay cafés —dos— donde se toma un café por sesenta céntimos y se juega a la sueca las tardes de domingo. Quien quiera dulces conventuales debe ir a Barcelos, a la pastelería junto al juzgado, donde todavía hacen los «quesitos del cielo» como enseñó la hermana Lucília.
El peso del silencio
Airó ha perdido más de la mitad de sus vecinos en las últimas décadas. Muchas casas de granito con puertas de madera azul están cerradas, las ventanas tapiadas con tablones. Pero en mayo, cuando empieza la fiesta, vuelven los hijos con los nietos que hablan idiomas extranjeros. El corro se monta en el solar vacío junto a la escuela cerrada, y las ancianas sentadas en los bancos de piedra comentan quién ha engordado y quién se ha quedado calvo.
Cuando termina la última romería y el silencio regresa, queda el olor a hoguera en el atrio y el vino derramado sobre el suelo de tierra apisonada. En Airó, la memoria habita en lo simple: en la puerta de la iglesia que cruje, en el perro que ladra cuando pasa un coche, en la campana que marca las horas y que nadie oye salvo quien se quedó.