Artículo completo sobre Alheira e Igreja Nova: alheiras que saben a invierno
Entre caminos de peregrinos y hornos de pizarra, el humo cura la vida.
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El humo se escapa de la chorrera como suspiros lentos, cargado del olor a leña de roble quemado y de la grasa que gotea de las alheiras. Son veinte, quizá treinta, según el tamaño de la familia. Colgadas desde noviembre, aguardan al frío de enero, cuando la piel se vuelve dorada y el relleno, firme. En casa de doña Aurora, junto al muro de pizarra que su marido fue alzando durante cincuenta años, las chourizas se balancean al ritmo del viento que baja del Viso. Aquí, entre Alheira e Igreja Nova, el embutido ahumado no es solo una delicadeza: es lo que sobra del cerdo para durar todo el año.
Piedra, madera y devoción
La iglesia matriz de Alheira abre a las siete y media de las mañanas en que el padre António no va al hospital a visitar enfermos. El granito está oscuro por la lluvia de diciembre, pero cuando el sol entra por las ventanas laterales, el retablo dorado parece incandescente. En el interior, el banco de delante a la derecha es donde se sienta don Eduardo, que a sus 87 años sigue yendo a misa todos los domingos vestido con el mismo abrigo oscuro. En el atrio, el escudo de los Sousa ya no se lee bien, pero doña Idalina dice que era de quien mandaba en estas tierras antes de la expulsión de 1834.
Los cruceros de piedra marcan los caminos por donde las procesiones se detienen para que el sacerdote bendiga los campos. El de Santo Ovídio, a medio camino entre Alheira e Igreja Nova, tiene una losa lisa donde los niños se sientan a comer cacahuetes en verano. El Camino de Santiago pasa por aquí, pero los peregrinos son pocos —tal vez uno por semana en verano, preguntando dónde pueden comer y dónde hay agua.
Mayo en procesión
La Fiesta de las Cruces comienza la tarde del 1 de mayo, cuando las mujeres salen al campo a cortar las ramas de retama que aún están floridas. Las enrollan en arcos que cuelgan en las puertas, y el olor dulce entra en las casas con la brisa. Por la noche, en la plaza de Igreja Nova, se monta la verbena con las mesas de madera que traen de la cooperativa, y los chicos del pueblo discuten por pagar las bifanas a las chicas. El cante al desafío ya no se oye desde hace años —solo queda en la memoria de los mayores, que recuerdan a Zé Manel y su falsete que hacía reír a todo el mundo.
Sabor a tierra y humo
En la tasca de Lopes, la alheira huele antes de verse. Son las de doña Aurora, que Lopes compra a diez euros el kilo y vende a quince. Se sirven partidas por la mitad, con el centro aún humeante, acompañadas de una cuchara de arroz con tomate que el hijo de Lopes prepara deprisa entre servicios. El pan de centeno viene de la panadería de Barcelos, pero el vino verde es del Quinta do Viso: el agricultor trae un garrafón de vez en cuando y se queda tomando café durante dos horas, contando cómo las viñas este año han sufrido con la helada.
Entre fuentes y levadas
La Ruta de las Fuentes comienza donde el manantial de doña Rosa brota incluso en pleno agosto. Son cinco kilómetros que se hacen en dos horas si se para a beber agua en la Fuente de la Moura, donde cuentan que una mujer murió esperando a su amante. El sendero tiene piedras sueltas y barro después de la lluvia, pero permite ver los castañares que el abuelo de Joaquim plantó hace sesenta años y que ya no producen como antes.
Al atardecer, cuando el humo de las chorreras vuelve a subir y la campana toca dos veces para las avemarías, queda el sabor de la alheira en la boca y el sonido de los pasos sobre la piedra que todos ya se saben de memoria.