Artículo completo sobre Alvelos: cruce de peregrinos y fiesta de cruces en mayo
Alvelos, pueblo de Barcelos en el Camino de Santiago, vive su cima el 3 de mayo: procesión, cruces floridas y Loureiro en cuenco de barro.
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La flecha amarilla grabada en el granito del muro de la Rua do Cruzeiro señala el norte. Al fondo, un peregrino ajusta los tirantes de la mochila antes de reanudar la marcha: el cayado resuena en el empedrado irregular de losas de granito, un ritmo que se pierde entre los muretes de piedra seca y las parras de la Quinta do Outeiro. Alvelos recibe al que camina hacia Santiago con la misma discreción con que ha recibido siempre las mañanas: sin aspavientos, solo con la luz rasante de mayo iluminando el atrio de la iglesia y la cruz de 1753 donde alguien ha dejado un ramo de margaritas silvestres.
El arco de follaje y la cruz de mayo
El 3 de mayo, la aldea se transforma. Se levanta un arco de hojas a la puerta de la iglesia matriz de Nuestra Señora de los Dolores —templo reconstruido en 1727 tras el incendio que arrasó el anterior, con talla dorada del altar mayor traída desde Braga por José Rodrigues Ramalho—. La Festa das Cruces trae el son grave de los bombos de la Banda Filarmónica de Alvelos y el agudo de las gaitas de Domingos Araújo, natural de la parroquia vecina de Tamel. La procesión baja por la Rua da Igreja, pasa ante la Casa do Morgado —antigua sede de recaudación de los diezmos— y sube hasta la cruz. El olor a chouriço de Barroso en el brasero del Celeiro se mezcla con el aroma de la viña en flor. El domingo siguiente, el párroco —desde 2018, el padre Fernando Lima— recorre las quintas para la bendición de los campos, siguiendo el trazado que une la ermita de San Benito con los viñedos de Loureiro en la Quinta da Veiga.
Vinho verde en cuenco de barro
La tasquina “O Cantinho” cierra los jueves, no abre. El vino verde se sirve en la Tasca do Zé Manel, abierta desde 1987 en la esquina de la Rua da Fonte con la Rua do Outeiro. Es Loureiro, vendimiado en las viñas de los Gomes junto al arroyo, servido en cuencos de barro de Vilar de Nolias. La cocina es de doña Alda: rojões a la manera de Barcelos con panceta ahumada de la Quinta do Outeiro, arroz de sarrabulho con sangre de cerdo de la matanza de enero, morcilla de arroz de la carnicería del señor António. En el campo de fútbol de la Adega, la asociación de vecinos organiza un magusto que reúne a tres generaciones en torno a las castañas de la Serra da Franqueira y la jeropiga del Lagar do Outeiro.
Piedra, agua y horizontes abiertos
La senda de los Tres Molinos desciende hasta el arroyo de Alvelos, donde quedan las ruinas de los molinos del señor Joaquim —molino de agua que moltió el maíz hasta 1963—. El agua discurre lenta entre piedras redondeadas, formando pequeños charcos donde los sauces se reflejan. El recorrido asciende después al eucaliptal plantado en los años setenta en la Serra da Franqueira, abriendo vistas sobre el valle del Cávado y, al fondo, el Gerês. Aquí el horizonte es abierto: campos de maíz de los Abreu divididos por muretes de piedra seca levantados entre 1850 y 1920, robles que marcan los linderos heredados del foral de Dionisio.
Instrumentos de otros tiempos
En el hórreo del siglo XVIII restaurado por la junta parroquial en 2019 se exhiben los objetos donados: la rueca de la abuela María da Conceição (1887-1978), los yugos de buey del señor Albino, las azadas de hierro forjado en el Barral de Vila Verde. Son útiles de quienes labraron estos 338 hectáreas a 72 metros de altitud. En el archivo parroquial el nombre aparece como “Alvellos” en el registro de bautizos de 1527, “Alveos” en la escritura de 1741 cuando el Morgado de Alvelos vendió tierras al Convento de Vilar de Frades. El topónimo viene del latín alveus —cauce del río—, pero los mayores dicen “Alvélos”, con acento en la primera sílaba.
Cuando cae la noche y el último peregrino ya ha pasado la cruz de la Rua do Outeiro, el silencio de Alvelos no es vacío. Es el murmullo del arroyo que discurre entre las quintas da Veiga y do Outeiro, el chirrido del portón de hierro forjado de la Casa do Morgado, el ladrido de Bobi que vigila la era de la familia Costa. Y, al fondo, el tinkle de las flechas amarillas que Américo colocó en 2014 cuando el ayuntamiento señalizó el Camino Portugués: pequeñas brújulas de hojalata que apuntan al norte, recordando que hay caminos que atraviesan las aldeas sin borrarlas.