Artículo completo sobre Areias: cruces de pan, río Cávado y barroco dorado
Areias (Barcelos) guarda el crucero manuelino del Camino Portugués, hornos de leña, barroco dorado y la memoria de la barcaza sobre el Cávado
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La madera del crucero manuelino aún conserva la frescura de la madrugada cuando los primeros rayos de sol atraviesan el atrio de la iglesia. En el silencio de Areias se oye el río Cávado correr abajo, invisible entre los sauces, y la campana de la torre barroca que marca las siete con un tañido grave y pausado. El granito del suelo, pulido por siglos de procesiones y botas de peregrino, brilla húmedo de rocío. A espaldas del templo, una mujer abre la puerta de un horno de leña: el olor a roble encendido se mezcla con el aroma dulzón del pan que va creciendo.
La ruta de los que van a pie
Desde 1417 Areias figura en los registros de la Cofradía de Santiago como punto de apoyo en el Camino Portugués Central. Aquí se cobraba medio real de «taberna» a cada peregrino que cruzara la barcaza sobre el Cávado, una estructura de madera y cuerda que oscilaba con la corriente. El topónimo —del latín areia— remite a los yacimientos de arena que explotaron los romanos en la ribera del río, materia prima que transportaban hasta Viana para construir murallas y calzadas. Hoy quien camina hacia Santiago cruza el valle por la EN205, pero aún se ve, junto al antiguo camino real, el Paço de Areias: solar del siglo XVIII con escudo de armas tallado y una escalinata de granito que baja en tramos irregulares hasta el jardín.
La iglesia parroquial, levantada en 1563 y reformada en barroco, exhibe un frontón ondulado y un retablo de talla dorada atribuido a la escuela de Braga. En el interior, la luz filtrada por las ventanas altas recorta las columnas salomónicas e ilumina los exvotos clavados en las paredes laterales: 47 de plata, 3 de oro, según el inventario de 1892. Repartidas por la parroquia —que se extiende sobre 253 hectáreas—, tres capillas rurales dedicadas a San Blas, Santo Amaro y Santa Lucía salpican caminos de tierra batida entre viñedos y maizales.
Cruces de pan y hogueras de paja
El domingo de Ramos, la Fiesta de las Cruces transforma la plaza de la iglesia en un escenario de devoción popular. Tras la procesión se reparten pequeñas «cruces de pan» —folares moldeados en madera que las familias guardan durante el año como protección contra tormentas y mal de ojo—. En mayo, la Romería de Nuestra Señora de la Salud atrae a cientos de fieles a pie desde Barcelos hasta la ermita de Santa Lucía, recorrido de cinco kilómetros que termina en verbena con caldo verde humeante servido en cuencos de barro y música de acordeones al caer la tarde. El Domingo Gordo, que cierra el Carnaval, reserva el ritual del «entierro del Entrudo»: un muñeco de paja arrastrado por los chicos hasta la playa fluvial, donde se quema entre gritos y cohetes, dejando en el aire un olor acre a traje viejo y caña seca.
Vinho verde y tortozitos
La cocina areiense se asienta en el bacalao asado en horno de leña, servido con patatas «a la murro» —la piel cruje bajo los dedos y la pulpa humea blanca y suelta— y regado con vino verde de la subregión de Barcelos, vendimiado en las parras que enmarcan las huertas. Entre los dulces destacan los tortozitos, pastelitos de hojaldre rellenos de yema confitada y canela, y las cavacas de Areias, galletas de azúcar que crujen al mojarlas en la copa. Durante la vendimia se destila aguardiente ligera y aromática en alambiques de cobre, digestivo que los mayores beben a media mañana, apoyados en el muro del atrio.
Tierra batida y levadas
El sendero «Areias entre Viñas y Río» serpentea tres kilómetros entre muros de pizarra, huertos de cítricos y levadas donde el agua discurre lenta sobre limo verde oscuro. La playa fluvial, equipada con embarcadero de madera y zona de picnic, ofrece sombra de alisos y un chapuzón de agua fría y turbia en verano. El primer domingo de cada mes, el mercado de artesanía se instala en la plaza de la iglesia: telares de lino crujen bajo manos arrugadas y se venden quesos frescos envueltos en paño, miel de brezo en frascos reutilizados, guindillas secas ensartadas en cordel.
Al atardecer, en el terrero de tierra batida junto al campo de fiestas, se oye el sonido metálico de la «malha» —disco de hierro que gira en el aire y cae con un golpe seco cerca del pino—. Los hombres juegan descalzos, los pies cubiertos de polvo ocre, y ríen cuando fallan. Al fondo, el Cávado refleja la última luz y el humo de una quemada sube recto en el aire inmóvil.