Artículo completo sobre Balugães: campanas, vino verde y cruces que brotan
Entre viñedos del Neiva, un pastor habló y un puente medieval guía al Camino
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El repique de las campanas de la iglesia de San Martín se desliza por la ladera y reverbera sobre los sarmientos que bajan en bancales hasta el río Neiva. Aquí, a 67 metros de altitud, Balugães se extiende en 272 hectáreas donde el verde intenso de la vid se funde con el gris de la piedra vieja y el blanco de la cal de las casas bajas. El aire huele a tierra húmeda y, cuando gira el viento, trae la nota ligeramente ácida de las uvas en maduración: es la Región de los Vinhos Verdes, donde suelo y clima confabulan para crear ese blanco ligero, apenas gaseoso, que acompaña cada comida minhota.
La leyenda del pastor que habló
En la cima del Monte do Castro, el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida se alza como centinela sobre la parroquia. Cuenta la tradición que la Virgen se apareció a un pastor sordomudo y que, por primera vez, el muchacho habló. La historia atraviesa generaciones, se repite en las cocinas y ante las portadas, y en agosto se convierte en romería: fieles que suben la loma, las rodillas castigadas por la cuesta, el sudor mezclado con devoción. Desde arriba, la vista se abre sobre campos divididos en parcelas minúsculas, la geometría irregular de las quintas minhotas, el río serpenteando al fondo.
Piedra medieval sobre agua corriente
El Puente das Tábuas cruza el Neiva desde el siglo XII, aunque su nombre haga pensar en madera donde solo hay piedra. Los arcos medievales, cubiertos de musgo en las caras norte, sostienen el camino por el que pasaron siglos de peregrinos rumbo a Santiago de Compostela. El Camino Central Portugués atraviesa Balugães y los caminantes aún cruzan este puente, las botas pesadas sobre el granito pulido por tantos pies. Abajo, el agua murmura sin pausa y sirve de banda sonora a la parroquia: más intensa tras la lluvia, casi un susurro en los días secos de verano.
La cruz que brotó de la tierra
La Fiesta de las Cruces celebra una aparición más discreta pero igual de arraigada: cruces que habrían surgido del suelo. La procesión recorre las calles estrechas, los estandartes meciéndose al ritmo de los pasos, el incienso mezclado con el aroma de la leña que arde en las chimeneas. En las cocinas preparan cabrito asado, la carne adobada con ajo y colorau, los rojões à minhota chisporroteando en la manteca, el caldo verde humeando en tazas de barro. En las copas, vinho verde: ese líquido casi translúcido que pica apenas la lengua y refresca la garganta.
Vivir entre viñedos e historia
Con 787 vecinos distribuidos a razón de 288 por kilómetro cuadrado, Balugães mantiene el ritmo de las aldeas donde todos se conocen por el apodo. Los 165 mayores (Censo 2021) triplican a los 94 menores de catorce años, y esa desproporción se lee en las chimeneas sin humo, en los campos donde la vid avanza sobre lo que antes era huerto de coles y alubias. Pero la parroquia resiste: hay cinco alojamientos rurales (cuatro en casas rehabilitadas y uno en casa de labranza), la ultramarinos de doña Rosa abre cada mañana a las siete y, en la vendimia de septiembre, aún se contrata mano de obra de Vila Verde para los 23 hectáreas de viñedo predominante.
Los senderos del Camino de Santiago invitan a andar donde la historia se hace física: cada piedra del puente, cada recodo del camino empedrado, cada mojón de granito con la vieira grabada cuenta una historia de fe y movimiento. En el restaurante O Caminho, el arroz de sarrabulho lleva panceta ahumada de la quinta del señor Albano; en la taberna À sombra da Ponte, el vinho verde se sirve directamente del barril, en cuencos de barro que cuestan 80 céntimos.
Al caer la tarde, cuando la luz rasante dora las cepas y la campana toca a las 19.30 para el Ángelus, Balugães se revela no en lo espectacular, sino en lo acumulado: en el peso del granito bajo los pies en el puente, en el sabor persistente del vinho verde, en el eco de la leyenda del pastor que un día habló.