Artículo completo sobre Barqueiros, donde el Tâmega guarda secretos de barqueros
Viñedos en pizarro, río lento y Judas ardiendo: así es este pueblo
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El Tâmega parece perezoso, como quien se sobra en una terraza. Entre sus orillas de arena, el río devuelve el reflejo de los viñedos que trepan en bancales hasta el cielo; y créame, el verde es tan intenso que duele en los ojos de quien llega de la ciudad. El picota de la plaza del Cruce yace ahí desde que D. Manuel I nos otorgó foral, pero hoy hace sobre todo de banco para los mayores que fingen discutir de política y acaban hablando del tiempo.
El nombre viene de las barcas. Hasta 1960, hubo quien se ganó la vida empujando madera contra la corriente. Mi abuelo decía que los barqueros tenían brazos de hierro y paciencia de santo: transportaban pipas de vino, sacos de maíz y, claro, las lenguas viperinas que cruzaban el río más deprisa que las propias embarcaciones.
El río que bautizó
La dársena medieval aún se adivina en la ribera: tres piedras entre la maleza, pero para quien creció aquí es el Empire State. El puente de barcos a Fão desapareció en el XIX; hoy se tardan cinco minutos en coche, antes eran media hora de conversación y un chupito de aguardiente en el bolsillo para entrar en calor.
La iglesia parroquial de San Vicente es del XVIII, blanca como todas las casas. En su interior, el oro de la talla costó tanto que el párroco dejó escritas sus quejas por los “impuestos de la fe”. La ermita de San Sebastián es más pequeña, pero guarda un secreto: encienda una vela a la entrada y el año irá rodando mejor —no lo garantizo, tampoco cuesta nada.
Viñas, hogueras y mayo en el aire
Las cepas se agarran al pizarro, lo que significa que quien las trabaja lleva las uñas siempre negras. El vino verde del Tâmega es ácido como un limón y baja que ni agua; se sirve en el almuerzo, con rojão en cazuela de barro o con bacalao que la vecina deja macerar desde la víspera.
El domingo de Pascua, la procesión de las Cruces baja hasta la plaza y quema al Judas. Dicen que ahuyenta el mal de ojo; yo creo que es para que los críos se rían con los caramelos que estallan.
En mayo, cortan el alcornoque nuevo, lo engalanan con cintas y lo pasean por la aldea. Quien toque el mástil antes de que toque suelo se casa dentro del año —estadística no oficial, pero mi prima lo da por hecho.
En San Juan, las hogueras se encienden junto al río y siempre hay un ingeniero de Braga que insiste en saltar las llamas con las manos en los bolsillos. Resultado: un pie chamuscado y la promesa de volver el año que viene “más preparado”.
Pasos entre el verde y el agua
La Ruta de los Barqueros son ocho kilómetros que empiezan en la curva de la carretera y terminan en el mirador donde el Tâmega da media vuelta. Lleve agua, porque a mitad de camino solo hay un cafetín que abre “si se ha levantado el Zé”.
La playa fluvial tiene aseos de madera y agua tan clara que se ve a los peces reírse de nuestras barrigas. Llegue pronto: al atardecer aún posan las garzas reales, pero las nutrias son puntuales como camioneros y desaparecen antes del ocaso.
En la pastelería, los “sapos” —hojaldre con crema— se acaban a las once. Diga que es para el chico del reportaje, quizá guarden uno escondido.
En enero, el humo de las chimeneas huele a chorizo y a leña mojada. La matanza aún se hace en algunas casas: día de invitados, de arroz de sarrabulho y de prometer que “este año no se bebe desde las nueve” —mentira inevitable.
Al caer la tarde, el río se vuelve dorado como el vino nuevo. El sonido del agua es el mismo de hace siglos; solo cambian las voces que lo escuchan. Pero, oiga, si decide quedarse hasta la noche, lleve una chaqueta: el Tâmega respira frío cuando sale la luna.