Artículo completo sobre Campanas retrasadas en Chorente y Pedra Furada
En esta unión de aldeas barcelenses el tiempo se marca con campanas desafinadas y espigueiros olvida
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La campana de San Vicente
La campana de la iglesia de San Vicente dobla a las 7.30 del domingo como cada semana desde hace ciento cincuenta años. El sonido es seco, sin coral, y muere en la cresta de la carretera nacional. Nadie ocupa el primer banco: está reservado para la familia del sacristán, que siempre llega tarde.
La fusión de 2013 unió en el papel lo que la geografía ya mantenía cerca, pero cada aldea marca el tiempo a su manera. En Chorente el reloj de la panadería se atrasa cinco minutos; en Pedra Furada la campana da media vuelta antes; en Gueral no siempre repica, porque la cuerda se rompe y el señor Carlos solo la arregla «cuando haya misa de séptimo día».
El espigueiro de Góios
En la esquina de la capilla de Góios hay un hórreo que hace de muro. Dentro huele aún a maíz de 1998, año en que doña Odete falleció y nadie volvió a coger la llave. La puerta cierra mal: un gato negro entra y sale como dueño, dejando huellas en el suelo de piedra que parecen planos de una ciudad diminuta.
La laja con agujero
Quien viene de fuera cree que Pedra Furada es una cueva. No lo es. Es una losa de granito con un agujero del tamaño de un colador, en medio de una carvajal que nadie corta porque «allí está el lugar de las almas». Los niños tiran piedras al blanco; las madres gritan que les va a salir un callo en la lengua. La leyenda nadie se la toma en serio, pero tampoco se atreve a orientar el porche de la casa nueva hacia aquella ladera.
El desvío del Camino
El Camino de Santiago pasa por Courel, pero los peregrinos desvían hacia la N-103 antes de subir la cuesta. La única tasca abierta sirve café en vaso de plástico y bocadillo de queso flamenco. Quien pide agua oye: «Beba de la fuente, pero deje correr un poco, ayer sabía a cloro».
Fuego y manteca
La Fiesta de las Cruces empieza la tarde del 1 de mayo con la banda de música afinando los trombones junto al quiosco desconchado. Las cruces de cartón van a lomos de los chicos que no quieren ir, pero la madre prometió sardina y vino tinto gratis. A las diez de la noche el fuego artificial estalla tan cerca del tejado de la junta parroquial que los cartuchos caen aún ardiendo en el aparcamiento. El olor a pólvora se mezcla con el de mantequilla derretida de los churros. Cuando el último carro de sonido se apaga, se oyen los perros de toda la parroquia discutiendo el silencio.
Resaca dulce
Al día siguiente, las calles tienen un aliento dulce a aguardiente de orujo. La basura espera en montones de plástico amarillo; una gallina vaga entre las sillas del festival buscando migas de bizcocho. El sol nace sobre el cruceiro de granito e ilumina la acera donde alguien perdió una sandalia de tacón. Se queda ahí hasta el fin de semana, del revés, como quien pregunta dónde habrá ido a parar la otra.