Artículo completo sobre União das freguesias de Durrães e Tregosa
Entre viñas de bancal y horno comunitario, la unión de parroquias que no necesita carteles
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La mochila del peregrino pesa sobre el muro de granito, junto al cerezo que aún no ha dado fruto. Son las diez y media de la mañana y el Camino Central Portugués entra en la llanura donde las viñas se alinean como cuerdas de guitarra desafinadas. El olor no es a “hoja de vid” — es a tierra negra que se agarra a las suelas, mezclada con estiércol de vaca que el vecino esparció ayer en la parcela de delante. Aquí, entre Durrães y Tregosa, el territorio no se anuncia porque nadie se molesta: está ahí, como siempre ha estado.
La unión de las parroquias en 2013 llegó con la papelería de Lisboa, pero aquí todo sigue igual. En Durrães, don Armindo sigue tratando sus robles como si fueran nietos; en Tregosa, doña Idalina mantiene el horno comunitario encendido los viernes para quien quiera hornear el pan. Son 672 hectáreas que Google Maps no conoce del todo — marca 67 metros de altitud, pero se olvida de los lomos donde los tractores hacen ese ruido concreto, medio ahogado medio rugido, cuando suben con el remolque lleno de abono.
Lo que sienten los pies
El Camino es esto: piedras sueltas que se mueven cuando pisas mal, el sonido seco del bastón de aluminio sobre el empedrado, el calor que sube por las botas tras veinte kilómetros. Los peregrinos se paran en la fuente donde el agua sabe a hierro — beben con las manos porque nadie se acordó de poner vasos. María, cuando abre el bar, sirve un café con leche en vaso de plástico reutilizable y no quiere saber nada de sellos: “Eso de las credenciales es modernidad; en 1978 venían caminantes y pagaban con cuentos”.
El paisaje que trabaja
Las viñas no “se extienden en hileras regulares” — se hacen en bancales que el abuelo del actual dueño cavó con la azada, donde el tractor de ahora apenas cabe. Los racimos colgando en parras son para el vino casero; los de espaldera, esos se venden a la cooperativa de Barcelos por un precio que no paga el trabajo. El granito no “aflora” — está ahí porque alguien lo sacó de la tierra y lo puso en el muro, piedra sobre piedra, sin cemento, solo con arena y cal que el tiempo va carcomiendo. En los cruces, los cruceros tienen nombres de personas: “Aquí murió Antonio Mota en 1952 atropellado por un camión de leche”.
Cuando las cruces salen a la calle
La Fiesta de las Cruces es en mayo, pero los preparativos empiezan en abril, cuando Joaquim va al monte a cortar la retama que adornará la cruz del pueblo. No hay programa impreso — se sabe que el domingo es la procesión, que doña Albertina hace los folares (pan dulce tradicional) a dos euros (tres si los quieres con papel de aluminio), y que al cura no le gusta que los niños se sienten en los escalones de la iglesia durante la misa. Por la noche, el Rancho Folclórico ha ensayado tres veces pero aún no se sabe bien la coreografía del vira; a nadie le importa porque el vino de la cooperativa está a un euro el vaso y el acordeón está bien afinado.
Lo que se quedó atrás
De los 1.379 habitantes, 23 siguen yendo al campo detrás del cementerio a plantar maíz — los demás tienen las tierras arrendadas o abandonadas. El Censo habla de 156 niños, pero se olvida de decir que la escuela primaria de Durrães tiene ocho alumnos en tres cursos, y que el maestro viene de Barcelos de lunes a viernes en un Renault 19 con 400.000 kilómetros. Las casas nuevas, las de cemento y color pastel, pertenecen a quienes volvieron de Oporto o de París; las de piedra con puertas bajas guardan dentro máquinas de coser Singer y fotos en blanco y negro donde nadie sonríe.
Cuando el sol se pone detrás del monte donde antes había una ermita, el tejado de la casa de don Albano se tiñe de óxido encendido. Él es el que aún va a buscar leña, el que sabe dónde está el único alcornoque de la parroquia, el que recuerda cuando había cuatro bares y ahora solo queda uno. El peregrino sigue andando, ahora con la sudadera atada a la cintura porque el sudor se ha enfriado. Le queda en el oído el ladrido del perro de don Albano — no es ladrido de perro bravo, solo aviso de que alguien pasa, como ha pasado durante siglos, por este rincón donde el tiempo no va más deprisa de lo que las piernas pueden seguir.