Artículo completo sobre Galegos: caldo verde, cruces de piedra y vino entre bancales
Galegos, en Barcelos, guarda cruces del siglo XIII, viñedos en bancales y una festa donde nadie cambia de lado.
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Las campanadas del campanario marcan las doce y lo único que se mueve en Galegos es el propio badajo. En las cocinas, el caldo verde borbotea y levanta la tapa de la olla; el olor a leña quemada huele a domingo. La parroquia se asienta en un altiplano bajo, apenas setenta metros sobre el nivel del mar, pero el mar queda lejos; aquí lo que hay son campos parcelados por muretes de piedra y casas encaladas que parecen esconder el tejado.
La cruz que atraviesa generaciones
La Festa das Cruzes es el único día en que Galegos engorda de gente. La semana anterior, las mujeres sacan los cojines al tendedero y los hombres fingen no ver las flores que se secan en el sótano. El domingo, la procesión baja la calle de piedra irregular, llega hasta el cruceiro, da la vuelta y nadie cambia de lado: quien va a la derecha se queda a la derecha, quien va a la izquierda se queda a la izquierda, como si la fila fuera un matrimonio de antes. Hay quinientos mayores que han visto esto cincuenta veces y trescientos críos que solo quieren saber si al final hay castañas de Oro.
El monumento nacional es una cruz de granito del siglo XIII, o XIV, nadie lo tiene claro. Está ahí, pegada a la pared de la iglesia, y cuando llueve el agua se le escurre por los lados como si lavara un plato. No hay placa, no hay cartel, solo un trozo de piedra que ha sobrevivido a todo, incluso al viento que viene del campo de aviación de Fornelos.
Viñedos que suben desde el valle
Galegos forma parte de la región de los Vinhos Verdes, pero no pienses en grandes quintas: son huertos con diez cepas, cada una con su trocito de tierra entre la col y el maíz. Las viñas trepan las laderas en bancales tan estrechos que un hombre gordo tiene que andar de lado. En septiembre, las uvas maduras atraen a los gorriones y a los vecinos: los primeros se comen las de arriba, los segundos hacen el vino que se bebe en Navidad y que regala resaca de gorra.
La parroquia tiene 2 848 almas, pero parecen más porque cada casa da a la calle y las ventanas son ojos que están siempre abiertos. A veces hablas con la vecina sin salir de casa: ella en la cocina, tú en el dormitorio, la conversación salta el muro como gato descastado.
Huellas de peregrinos
El Camino de Santiago entra en Galegos por la carretera nacional, pero no lo identificas de primeras: solo ves a unos cuantos mochileros que parecen perdidos y que preguntan «¿ya estamos en Galegos?» al primero que se cruza. Se paran en el lavadero, llenan la botella, se quitan la piedra del zapato y siguen adelante. Nunca se quedan a comer. Lo único que dejan es el polvo de las botas en la acera, que la lluvia de octubre se lleva después.
Quienes se quedan son los campos: verdes todo el año, regados por acequias que bajan de las Serras de Queirã. El maíz crece alto, la col gallega crece más alto aún, y entre los dos crece el alubia que se come el día de Todos los Santos. Es de esta tierra de donde sale el caldo que huele los lunes, cuando las señoras llevan el pan en el pañuelo al hombre que está en la labor y él come con la cuchara de madera, sentado en el quicio de la puerta.