Artículo completo sobre Galegos: campanas, viñedos y 1.842 vecinos
En el valle del Ave, este pueblo de Barcelos mantiene la esencia rural a diez minutos de la ciudad
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El tañido llega antes que la vista. En el fondo del valle del Ave, donde el verde de los campos se mece al ritmo del viento hasta estrellarse contra los eucaliptos que marcan el horizonte, Galegos (São Martinho) sigue ahí, como siempre. El campanario es la brújula en un paisaje que mezcla huertos con casas, y casas con más casas —porque aquí no hay metro que perder: 1 842 vecinos en poco más de tres kilómetros cuadrados, casi 600 por km². ¿Lo imaginas? La mitad de la parroquia te ha visto llegar antes de que tú veas el cartel de la carretera.
Densidad y movimiento
No es aldea perdida ni dormitorio urbano. Es ese punto medio donde los patios se tocan, las voces atraviesan la calle sin esfuerzo y el vecino sabe qué cenó el de enfrente. La altitud ronda los 70 m: todo es practicamente llano, de ahí que los críos pedaleen antes de saber leer. La humedad atlántica se pega a la piel en verano y convierte el vino verde en necesidad —aún quien tiene una parra en el patio, aunque la mayoría de los viñedos cedieron terreno a las casas. Es el precio de estar a diez minutos de Barcelos.
Los números confirman lo que ya se intuye: 252 niños menores de 14 años, 349 mayores de 65. No es drama, es aritmética. Pero hay vida: en la ultramarinos de doña Alda, en el bar de José que abre a las siete y media para los obreros de Vieira & Filhos, en las mujeres que sacan la silla a la puerta cuando el día refresca. La cercanía de Barcelos garantiza empleo, pero aquí se vuelve a dormir. Y no es poco.
La cruz en el atrio
La Festa das Cruzes es lo que es: no hay fuegos artificiales ni conciertos con entrada. Tres días en los que el atrio se queda pequeño, cruces adornadas con flores de papel y telas que doña Fátima guarda todo el año, y la verbena montada en la escuela que ya no tiene alumnos. Sardinas asadas, caldo verde y música pimba que nadie pide pero todos tararean. Es cuando vuelven los hijos que se fueron a Francia o a Lisboa con nietos que nadie conoce, y la tía que nunca se casó sigue sirviendo mesas como si tuviera veinte años. El lunes, todo vuelve a su sitio.
Camino y peregrinos
El Camino de Santiago pasa aquí como quien no quiere la cosa. Los peregrinos aparecen con la mochila a cuestas, piden agua en la fuente, fotografían la iglesia y siguen. No hay albergue ni flechas amarillas cada cinco metros; hay a doña Emília, que les ofrece un bollo de maíz cuando pasan por su puerta. «Son personas —dice—, yo también caminé de joven». Se ha convertido en parte del paisaje, como el gallo de Barcelos o el bizcocho de la vecina.