Artículo completo sobre Lama, el pueblo donde la niebla bebe vino verde
Casas bajas, cruces de papel y vino que se escapa antes que el vecino
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El granito húmedo de la calle empedrada brilla como si alguien lo hubiera encerado, pero no es más que la mañana pasando por Lama. La niebla se agarra a los muros como la mula de Joaquín al olivo: no se va hasta que le apetece. Doblas en la calle de las Viñas y lo entiendes todo: casas bajas, huertas delante, un perro que ladra sin moverse del felpudo. Aquí nada se eleva mucho —ni las colinas, ni los vuelos de gallina, ni los propios días.
A la zaga de los peregrinos
El Camino Central cruza la carretera como quien no quiere la cosa. Los peregrinos aparecen por la mañana con esa cara de quien ya se ha metido medio paquete de galletas entre pecho y espalda. En Lama no se les pide nada: ni limosna, ni selfie, ni gracias. Doña Odete incluso tira un cubo de agua a la puerta, pero solo para quitar el polvo —no es despecho, es rutina. Los campos siguen rectos, las vides siguen los hilos de alambre y nosotros seguimos el reloj del sol: cuando da en la fachada de la iglesia, es hora de comer.
Cruces que florecen
En mayo, la Fiesta de las Cruces es lo que hay. Se monta la cruz en la plaza como quien coloca una mesa de billar: primero el pie, luego el resto. Las viejas hacen flores de papel de seda que parecen caramelos de regaliz; los chicos las cuelgan con cara de estar haciendo un favor al primo. Por la noche hay procesión, pero la verdadera procesión va entre el casetón de la fiesta y la parrilla de sardinas. Se come de pie, se bebe en vaso de plástico y nadie se queja: la música es la de siempre —esa que Tino, en el teclado, toca hasta con los ojos cerrados.
Vinos que beben la niebla
El vino verde de Lama no es para guardar —es para beber fresco, preferiblemente antes de que el vecino acabe el suyo. Hay quien vende botellas en la puerta de casa: basta con llamar a la cancela de la Quinta do Rocha y aparece la mujer en chanclas, con una garrafa de blanco que cuesta menos que un paquete de tabaco. Se sirve en vaso de tinto, se acompaña de torreznos que aún crujen. Si te entra el gusanillo, lleva también un pan de maíz: quema la lengua al instante, pero como dice el Rocha —«el que tiene prisa come caliente».
El grosor del cotidiano
Lama tiene más gente con caré de jubilado que con DNI nuevo. Pero lo que parece tristeza es solo sosiego: la tienda del Cunha abre a las nueve, pero nadie aparece hasta las nueve y media. La escuela tiene dieciséis críos —basta para un equipo de fútbol sala y sobra un portero. Aun así, aún se oyen voces al atardecer, cuando las madres llaman para cenar y los perros, que ya saben los nombres de todos, ni se molestan en levantar la cabeza.
Cuando cae la noche, el olor a leña llega antes que las luces. Las chimeneas hacen su trabajo: tiran el humo, tiran la conversación, tiran el día para dentro de casa. Y así te quedas —oyendo el maullido del gato en la tapia, viendo la luz de la tele en la cocina de doña Alice, entendiendo que Lama no es sitio para quien quiere llegar deprisa. Es para quien sabe ir despacio, sin miedo a que lo adelante una vaca o un pensamiento.