Artículo completo sobre Macieira de Rates: el tac-tac del espadador ya no se escucha
En esta parroquia de Barcelos el río Este cambia de nombre y las cruces siguen procesionando
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El sonido llega antes que la imagen: el golpe pausado del espadador contra el lino, aquel tac-tac-tac que parecía el corazón del pueblo latiendo en las noches de mayo. En las eras, las chicas solteras espadaban al son de violas mientras los «caretos» —hombres enmascarados que parecían salidos de una mala pesadilla— se acercaban para provocar carcajadas. Era la Fiesta de las Cruces, que animaba Macieira de Rates hasta mediados del siglo XX. Hoy, las cruces aún salen en procesión, pero el espadador está callado. Queda la memoria, guardada en las piedras de la iglesia y en las historias que los mayores cuentan tras tres cervezas.
La llanura donde el río cambia de nombre
Macieira de Rates se extiende en una llanura a 70 metros de altitud —de hecho, casi todo en la parroquia está a 70 metros. Es como si alguien hubiera nivelado el terreno con una cuchara de madera. El río Este pasa por aquí, y los campos se suceden en tonos de verde: viñedos de los Vinhos Verdes, maizales, y esos bosques donde los críos se pierden a propósito. Arroyos como el Codade y el regato del Souto cruzan el paisaje, creando zonas húmedas donde los pescadores locales juran que hay anguilas «del tamaño de una pierna». La luz minhota, esa filtrada por nubes que parecen olvidarse de irse, da al paisaje una suavidad que hace olvidar que lleva lloviendo tres días seguidos.
Peregrinos, poetas y wolframio
La primera referencia escrita es de 1128: D. Afonso Henriques donó «Maceeira con su creación» al Monasterio de São Pedro de Rates. Pero la gente de aquí sabe que ya se vivía mucho antes. Topónimos como Pedra Fita o Bouça da Mama no son solo nombres curiosos: remiten a tiempos en que nuestros antepasados aún no sabían escribir «antepasados».
En el siglo XIII, D. Gomes de Maceyra, señor local, fundó el Monasterio de Santa Maria do Souto en Guimarães —básicamente, un ricacho que quiso dejar huella. Siglos después, en la Segunda Guerra Mundial, la explotación de wolframio trajo dinero fácil y gente de fuera. Durante unos años, la parroquia olía a pólvora y a ambición —y los mayores aún dicen que «fue cuando las chicas empezaron a usar zapatos».
Bernardino Leça, nacido en 1844, era el cantador de la tierra. Poeta improvisado que versaba como quien respira, animaba romerías y fiestas con retos que podían durar hasta que cantara el gallo. Su casa, en el lugar del Río, es hoy un punto de memoria —aunque los jóvenes sepan más de Instagram que del instante en que Leça cantó. Cuentan que D. Frei Bartolomeu dos Mártires también pernoctó allí: debió de agradarle la compañía y la broa caliente.
En la ruta de los peregrinos
El Camino Central Portugués de Santiago atraviesa la parroquia, y el Puente del Burrito es obligado para quien va andando a Compostela. Es un puente pequeño, pero aguanta siglos y peso de mochilas —y las quejas de los peregrinos cuando descubren que aún faltan 200 km. El lugar de la Mujer Muerta guarda el misterio: o fue una desgracia de amor o una bruja que se pasó —depende de quién lo cuente. Los peregrinos se cruzan con tractores, con viejos que los miran bajo la boina calada, con perros que ladran pero no muerden porque están ocupados durmiendo al sol. El paisaje no es espectacular, pero tiene lógica: muros de piedra que separan huertos, cruces de término que marcan caminos, y la Iglesia de Santo Adriano en el centro —con la torre campanario que hacía de GPS antes de que existiera el GPS.
Broa, bacalao y vino en cazuelas
La gastronomía es lo que da la tierra y la tradición aprueba. Arroz de tomate que sabe a campo, bacalao frito que el panadero fríe mejor que mucho chef, y broa de maíz que se come con mantequilla casera hasta hartar. En las fiestas, servían vino verde en cazuelas de barro —porque las copas de cristal son para gente fina y las cazuelas no se rompen al caer. No hay sofisticación, pero hay honestidad: los platos son como los habitantes —sin grandes florituras, pero cumplen lo que prometen. El vino verde, con esa acidez que hace parpadear, es el compañero ideal para días de niebla y conversas que se alargan.
Cuando la procesión de las Cruces termina y la gente regresa a casa, Macieira vuelve a su ritmo —tractores en la carretera, la campana de la iglesia marcando las horas, el olor a tierra mojada que recuerda que la lluvia es minhota y por eso no falta. Queda el eco del espadador que ya no suena, pero que los mayores aún oyen cuando cierran los ojos después de cenar.