Artículo completo sobre Martim
Entre viñas y cruces de cartón, el tiempo se mide a campanas y fillhós
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El chasquido de los palitos de madroño contra la piedra anuncia a los peregrinos antes de que aparezan. En Martim, donde se llega a dos mil habitantes si se cuentan las vacas del Lourido, el Camino baja por la carretera vieja que cruza el pinar y se pierde entre muros de pizarra cubiertos de hiedra. Aquí el tiempo se mide a mano: cuando João do Café levanta la persiana a las siete, cuando la escuela toca la campana, cuando la furgoneta de Mercedes repartiendo el pan toca el claxon ante las puertas.
La luz de la mañana se engancha en las cruces de cartón que los niños llevan la víspera del 3 de mayo. La Festa das Cruzes no es cosa de turistas: es cuando Zé Mário trae a los nietos desde Lisboa, cuando Aninhas fríe fillhós en el lagar abandonado, cuando se juntan mesas en el Terreiro para dar cabida a los primos que solo se ven una vez al año. No hay banda de música, solo el grupo folclórico del pueblo que ha ensayado todo el invierno en el centro social, entre partidas de mus y copas de vino blanco.
El vino que trae la niebla
A noventa metros de altitud, pero sobre todo a dos pasos del mar, Martim atrapa la niebla que sube del río Cávado y que los viticultores saben leer como la Biblia. El vino verde de aquí no es «ligero»: es ácido como la acedera que crece en los muros, fuerte como el sol de agosto que quema las orejas. Las viñas en emparrado bajo dejan sombras redondas en la tierra, y cuando llega la vendimia los nietos venidos desde Francia se arañan en los alambres como se arañaban los abuelos.
No hay catas guiadas, pero sí al señor Arménio, que el día de San Mateo abre la bodega donde su padre pisaba la uva descalzo. Si llegáis antes de cenar, aún podréis oler el mosto nuevo que sale por la puerta entreabierta.
El camino que pasa pero se queda
Los peregrinos bajan la Costa de Cima con las piernas doloridas y preguntan si queda mucho para Barcelos. Aquí el Camino no es solo paisaje: es cuando doña Alda ve desde la ventana la primera mochila de abril y ya sabe que toca encender el horno para el pan de leche. Son pocos los que paran, porque Martim no tiene señales amarillas ni flechas: tiene la pastelería que abre a las siete y media y el bar donde se puede pedir agua sin pagar.
Pero los que se sientan en el banco de la iglesia descubren que el quiosco fue regalo de un emigrante que volvió rico de Brasil, que la piedra de la fuente llegó del campo del Lameiro en burro, que el cruceiro se levantó cuando aún no había luz eléctrica para que los muertos encontraran el camino.
Los números que pesan
Doscientos treinta y seis niños en los colegios, pero la primaria ya solo tiene diez. Los números cuentan lo que se ve en el banquillo del campo los domingos: más canas que camisetas del Barça. Pero aún hay gente joven que planta kiwis donde antes había centeno, que convierte el granero del abuelo en habitaciones para quien viene a ver el Gerês, que mantiene las vacas en el Lourido «porque es lo que sabemos hacer».
Al caer la tarde, cuando la campana repica tres veces y las golondrinas vuelan bajo sobre la fuente, queda el olor a eucalipto quemado en las estufas y el verde oscuro de las viñas que se vuelve negro con la luz baja. Martim no está en Instagram, pero sí en Google Maps: basta con buscar, bajar por la N-103, girar a la izquierda después del puente. No hay miradores, pero sí el banco del cementerio donde se ve la puesta detrás del pinar, sí el vino que no engaña, sí la puerta que se abre cuando se llama con tino.