Artículo completo sobre Panque: el Cávado susurra entre viñedos
631 almas, gallinas y retablos dorados en la llanura de Barcelos
Ocultar artículo Leer artículo completo
El sonido llega antes que la imagen: la levada susurra al borde del camino como quien comparte un secreto. Son 631 vecinos, pero, al amanecer, hay más gallinas que personas en las huertas de col y maíz que bajan hasta el Cávado. El sol raspa los campos, los sauces dibujan sombras de domingo y la campana de Santa Eulalia marca las horas con la misma prisa que pone el camarero en servir el café —es decir, ninguna.
La mesa del Cávado
Dicen que Panque viene de «panca», mesa, y, contemplando la llanura aluvial, se entiende: todo es llano como un tablero donde la viña de los vinos verdes comparte espacio con perales y el maíz que aún alimenta a las gallinas. El Cávado traza la frontera sur —allí va, lento, llevándose el tiempo que las piedras del puente medieval han visto pasar. Quien llega andando por el Camino Central busca el agua de la fuente y pregunta si queda mucho para Barcelos. Siempre queda, pero el paisaje compensa.
Retablo, ruedas y cánticos de enero
La iglesia de Santa Eulalia no dice gran cosa desde fuera, pero se entra y el retablo dorado del siglo XVIII recuerda las joyas de mi abuela: discreto hasta que da con la luz. En el escudo de la parroquia aparecen un peine y una rueda de molino; aún hay una piedra de acequia apoyada contra un muro en Moinhos, como esperando que la muela vuelva a la vida. Dos capillas de campo —San Sebastián y San Roque— puntuan los senderos por los que antaño se salía en procesión; hoy, más bien para pasear al perro. El 20 de enero los perros despiertan con los cánticos de la bendición de las casas; el 3 de mayo se celebra la Fiesta de las Cruces con verbena y, el domingo siguiente, la feria donde se venden dulces caseros junto a tractores que ya vieron mejores días.
Sapos, papas y vino verde
A la mesa, Panque no se anda con disimulos: caldo verde con chorizo que se ha ahumado en la lumbre, rojões con papas de sarrabulho cuando es día de fiesta, cabrito al horno de leña que aún calienta cocinas de quien tiene paciencia. Pero lo que marca son los «sapos de Panque» —buñuelos de masa de huevo cubiertos de azúcar glas. El nombre es pegajoso, el dulce también. Se acompañan con vino verde tinto que no engaña: ligero, fresquito, se sirve en vasos pequeños que se llenan más veces que el Madrid gana al Barça.
Levada, canoa y ocaso en el puente
La Levada de Panque es un canal de agua convertido en sendero: cuatro kilómetros de recorrido llano entre huertos donde aún se planta nabo y judía verde. Lo mejor es ir al atardecer, cuando el Cávado se vuelve dorado y el puente medieval parece salido de una postal —solo que es real. Quien quiera puede alquilar una canoa en el Club Náutico de Faria y remar hasta allí cuando se ponga el sol. Los peregrinos se detienen a mitad del puente, mochilas a los pies, y comprenden que, en realidad, no importa llegar más tarde a Barcelos. La campana da las seis, el eco se pierde entre los sauces y la aldea se va a la cama al mismo ritmo con el que se despertó: despacio, como quien sabe que el día siguiente traerá más de lo mismo y eso no está nada mal.