Artículo completo sobre Pereira: campanas que mueren en el Cávado
En este rincón de Barcelos el tañido guía la vendimia y la fiesta cruza la Rua do Calvario.
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El sonido de las campanas que nadie nombra
A las siete y media en punto repican en São Paio —sí, esa es la iglesia que nadie menciona— aunque el sacristán se retrase. El tañido baja la ladera como quien se desliza por tejados de canal, roza los muretes encalados y muere en el Cávado justo donde el río traza la curva que los niños bautizaron «del Caballo». La humedad de la noche se aferra a las hojas de la vid, pero ya flota el olor del pan en la panadería de doña Alda: tres kilos de harina, agua del pozo, masa madre heredada de su madre —y nada más.
En Pereira no hay 94 m de altitud; hay la sierra de Santa Luzia a la izquierda y el valle abriéndose como una mano, con los viñedos del señor António formando el esqueleto del paisaje. Los vinos verdes no son «territorio», son el nombre de los días: cuando el Arinto florece, cuando el Azal se aguanta al tutor, cuando el racimo de Loureiro pesa tanto que rompe el alambre. La vendimia empieza el día de Nuestra Señora de los Dolores —nunca antes, nunca después— y el mosto resbala por las pantorrillas de quienes aún se agachan, con las rodillas doliendo las noches de luna.
Cuando la cruz se sube a la espalda
La Fiesta de las Cruces no es «de origen profundamente religioso»; es cuando José Mário, que emigró a Lyon, trae en la maleta el traje nuevo y la hija que ya no habla portugués. La procesión sube por la Rua do Calvário —sí, esa misma, con el empedrado roto donde las piedras se mueven— y las viejas llevan en la cabeza las cruces de papel crespón que hicieron la víspera, con los dedos doliendo de artritis. En la explanada del Celeiro, Evaristo ya ha puesto la vara a girar: 150 sardinas, contadas una a una, con el pan de millo que su mujer amaneció haciendo. El arraial es el de siempre: Carlos en el acordeón, Alice en la concertina, y el bailarico que acaba cuando el generador de José Luís se apaga a las cuatro de la madrugada.
Donde los peregrinos pierden el camino
El Camino de Santiago pasa por aquí, sí señor, pero en la curva después del cruce a Leitões muchos miran atrás, desconfiados. La flecha amarilla está desgastada, casi borrada por la lluvia de marzo. El que se atreve baja a Vila Boa por un atajo de tierra apisonada donde los perros del señor Joaquín ladran pero no muerden —«solo quieren compañía», dice él. En la fuente de San Lorenzo el agua es fría como la justicia: se llena la botella, se bebe de rodillas, y se sigue. Pereira se queda atrás como un suspiro que nadie oyó.
El vino que no se vende
En la bodega del señor Albano hay una tapa de madera que nunca cierra bien. Dentro, el vino de 2022 aún está haciendo la maloláctica —«tiene que estar quieto, como la gente», dice. Son 800 botellas, nada más, que reparte entre los hijos cuando vienen en Navidad. El vino verde no tiene acidez; tiene un dolor de barriga que viene de beber deprisa, con la sardina salada aún humeando. En la mesa de la cocina, servido en esos vasos de diario que la mujer del señor Albano guarda en el armario alto, sabe a granito, a mano callosa, a tardes de agosto cuando solo se oye la cigarra.
Lo que queda cuando todos se van
Son 1241 almas, pero el lunes por la mañana parecen menos. Los niños de los 124 ya juegan en la calle —están en el centro de día, con Sonia que viene desde Barcelos en el autocar—. Los 209 ancianos se van muriendo uno a uno, y las casas se quedan con las ventanas cerradas, con las rentas acumulándose en el banco. A las cinco de la tarde, cuando el sol da de lleno en la fachada donde vivía doña Amélia, aún se ve el rectángulo más claro donde colgó el retrato de su marido cincuenta años. El banco de piedra está vacío, pero nadie lo quita —«es para quien viene», dicen. Y vienen, sí: los hijos el fin de semana, los nietos que no reconocen el pomar, los turistas perdidos que paran a hacer una foto a la iglesia y se marchan con el motor calentándose.
Cuando cae la noche de verdad y el último tractor regresa de la Vinha Grande, Pereira se queda a oscuras: solo la farola de la explanada del Celeiro forcejea contra la sombra. Entonces se oye el río, abajo, llevándose al mar lo que resta del día.