Artículo completo sobre Ucha, el pueblo donde el barro sabe a vino
Entre el Cávado y las cruces de mayo, la aldea minifundista que aún se saluda
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El olor a tierra mojada después de la lluvia es la primera señal de que estás en Ucha. No es un perfume, es la pizarra hablando. Después aparecen las casas bajas, las puertas que parecen hechas a medida de gente que no llega al metro ochenta, y el atrio de la iglesia, que funciona como GPS para todo el mundo. Quien nació aquí no necesita más referencias: suena la campana, se sabe la hora, y la hora es la que toque.
El Cávado pasa por aquí como ese primo que todos conocen pero nadie ve. Se desliza abajo, en el fondo del valle, y trae la humedad que hincha las puertas en invierno. Pero también arrastra la tierra negra que hace crecer maíz alto y uvas que no piden perdón por estar verdes y ser un poco picantes.
La fiesta y el resto del año
En mayo se celebran las Cruces y la aldea se duplica de tamaño. Es como cuando juega el Barça y todo el mundo se vuelve entrenador: durante tres días todo el mundo es de Ucha, incluso quien solo viene a comer un bocadillo de lomo y escuchar a la banda. Luego llega el domingo y todo vuelve a su sitio: las cruces de flores al atrio, las sillas de plástico dentro de los bares, y el silencio que solo se rompe cuando el autobús escolar trae de vuelta a los niños.
Quién viene de fuera
El Camino de Santiago pasa por aquí como quien pasa por casa de un amigo: no llama a la puerta, pero si le ofreces un vaso de agua, lo agradece. Los peregrinos vienen con esa cara de quien ya ha caminado demasiado y preguntan si hay algún sitio para comer. Señalo a la Tía Albertina, que hace bocadillos de jamón que caben en la mano pero matan el hambre. La flecha amarilla en el muro del Celestino es más fiable que Google Maps: este último te manda por un atajo que solo existe en la cabeza de quien lo inventó.
Qué llevarse en la memoria
Si vienes, no busques monumentos. En Ucha lo que hay es una forma de estar que ya no se fabrica. Es el Zé Mário que te saluda aunque no te conozca de nada, es el café del Lopes donde el cortado viene en vaso alto y la conversación es gratis. Es la Laura que te vende un paquete de caramelos y te pregunta si eres familia del Manuel — qué Manuel, nunca se sabe, pero siempre hay uno.
A la hora de la merienda, cuando el sol se pone tras el monte y las sombras empiezan a comerse la carretera, la campana vuelve a sonar. No es para que llames a nadie, solo para que recuerdes que aquí el tiempo no se mide en horas sino en campanadas. Y si te quedas hasta el final del día, te llevarás un nudo en la garganta: no es nostalgia, es el vino verde que aún no ha hecho efecto pero ya te está diciendo que volverás.