Artículo completo sobre União das freguesias de Santa Lucrécia de Algeriz e Navarra
Viñas en bancales de granito, campanas que repican y el Cávado de fondo
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El vino aún susurra en las pipas de roble del fondo de la bodega, pero fuera el sol de la tarde ya no calienta: adula. En la unión de Algeriz y Navarra, sus 909 vecinos se reparten entre lugares que el mapa apenas distingue: Fontarcada, Póvoa, Outeiro, Carvalhal. La carretera comarcal 508 serpentea hasta sus puertas; quien entra en ella ve de inmediato el Gerês recortarse en el horizonte, pero quien vive aquí mira al suelo: es el granito lo que importa, y el musgo que lo cubre como una manta húmeda.
Entre el Cávado y los caminos de los que pasan
La unión oficial data de 2013, pero la gente ya mezclaba los nombres desde hacía décadas. Quien venía de fuera preguntaba por «Algeriz» y recibía respuesta de «Navarra» —y viceversa— porque las tierras son vecinas de sol a sol y el regedor solía ser el mismo. El Cávado pasa a tres kilómetros, pero suena cerca en las noches de crecida; el ruido sube el valle y entra por las ventanas abiertas. Los caminos de Santiago los cruzan de refilón: aparecen en el GPS, pero aquí nadie habla de «Camino Central» —se dice solo «el camino de Santiago», el mismo que hacía mi abuelo a pie hasta Vilar de Frades, antes de que existiera la N14.
Los martes, cuando la misa es a las siete, la campana de la capilla de São Vicente toca tres veces: una para avisar, otra para recordar, la tercera para quien ya está dentro. En la romería de verano se suben doscientos metros de camino de tierra entre muros de piedra; se lleva al niño en brazos y el bizcocho en la caja de poliestireno. Tras la misa de campaña, se reparten tortas de canela y aguardiente a cucharadas —nadie rechaza, es mal agüero.
Viñedos, lagares y lo que aún queda
Estamos en la zona de los Vinhos Verdes, pero el vino que se bebe en casa es tinto de mesa —«vinho de ramo»— guardado en botellones de boca estrecha. Las viñas suben en bancales tan estrechos que el tractor no puede girar; quien poda aún va con la azada al hombro. Hay emparrados de madera que han crujido bajo el viento de cincuenta inviernos; los alambres se tiñen de óxido y el olor a uva pisada se queda pegado a la ropa durante días. El fin de semana de la vendimia, todo el pueblo come sardinas asadas en el patio del lagar; sobra vino, faltan copas —se bebe en jarras de loza.
El rojões se hace en cazuela de hierro, el tocino es de la tierra y el pan es de mezcla —nadie se da el lujo de centeno solo. El aceite llega de Valpaços, traído por el camionero de Zé, que baja dos veces al mes y cobra la mitad del gasoil.
Lo que aún se hace a manos
Hay una señora en la Rua do Outeiro que trenza mimbre al atardecer; se sienta en el banco de granito, enrolla la cesta entre los pies y va contando las horas por el chirrido de las bicicletas que suben la carretera. Enseñó a la nieta, pero esta va a 3.º de la ESO en Maximinos y dice que «eso ya no da dinero». Aun así, en Navidad aún hace una o dos piezas: una para la tía de Braga, otra para el turista español que apareció en verano y pagó quince euros sin regatear.
En el pajar junto al lagar, el olor a mosto antiguo se mezcla con el moho de las bigas que no salen desde hace años. Aún se guarda la prensa de madera —dos troncos de roble unidos por una ferralla negra— pero hoy quien quiere mosto lleva las uvas al Lagar de la Cooperativa en Mire de Tibães, donde la máquina tarda dos horas y está listo.
Cuando el día se cierra
Al caer la tarde, el aire enfría deprisa; el granito suelta el calor que guardó y la niebla baja del Gerês como una sábana. El humo de las chimeneas sube recto —aquí no hay viento que lo desvíe— y el olor a leña de roble se mezcla con el de la higuera que alguien quemó al final del día. El perro del señor Joaquín ladra al mismo punto vacío desde hace veinte años; las contraventanas crujen, las estrellas suben, y la carretera queda en silencio —solo se oye el Cávado, allá abajo, rodando piedas que nadie ve.