Artículo completo sobre Pedraça: donde el vino madura antes que el pan
Cabeceiras de Basto guarda un pueblo que huele a cera roja y sarrabulho de cerdo
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La campana de la iglesia parroquial da a las diez y media —ni a las diez ni a las once— y tarda exactamente siete segundos en llegar a la escuela. Quien tiene oído fino asegura que el eco sube por el atajo de la Cotovia y sorprende a los perros del señor Aníbal, que nunca ladraban sin motivo. El barro del otoño se adhiere a las suelas, pero el granito de las fachadas ya se seca, mostrando el lomo negro del musgo que el invierno va limando. No hay leña de roble: es corcho o eucalipto, cortado en marzo y apilado junto a la pared que aún conserva el olor a pan que hacía doña Aurélia cuando existía el horno comunitario. Aquí, a 379 metros, el aire no es solo humedad: es resina de pino quemado y, tras las primeras lluvias, tierra removida que descubre lombrices.
Piedra que nombra, piedra que sostiene
Dicen que Pedraça viene del latín, pero nadie en el café del señor Fausto lo cree: «Piedra es piedra, ¡vamos!». La iglesia, levantada en 1673, tiene la puerta principal torcida: se nota cuando se mira al pilar izquierdo. En su interior, el Rosario de ançã perdió el meñique de la mano derecha; quien reza cada día jura que fue san Pedro, furioso con la tormenta de 1926. En las capillas de Cavez y Macieira-a-Velha, la cera no es amarilla: es roja, comprada a granel en la cooperativa Agrobasto, y deja gotas que se extienden por el granito como venas.
Calendario de romerías y devoción
La Fiesta de las Papas no empieza en la misa: empieza el viernes, cuando Albertino saca al cerdo del corral y el padre de Bruno decide si el vino está lo bastante maduro para abrir la primera pipa. El arroz de sarrabulho lleva tomillo del huerto de doña Guida —ella decide la cantidad, nadie discute—. Durante la procesión de san Bartolomé, el paso cruje exactamente en el mismo punto que el año pasado: en la curva junto a la fuente, donde el asfalto está agujereado y nadie lo arregla porque «así baja la gracia». Las viejas no desafinan: se retan entre ellas, a ver quién recuerda entera la letanía sin mirar el papel.
A la mesa con el territorio
La carne Barrosã no llega a la carnicería: va directa del pasto a la parrilla de ladrillo que Zé Carlos construyó con arena del río Tâmega. La col es la que sobró del plato del conejo, y la patata viene en saco de red de la huerta del abuelo, con tierra aún pegada a los gajos. La miel es del señor Albano, sin DOP que la avale, pero con un brezo de tomillo-limón que convierte la tostada en algo que se come en silencio. El vino es blanco, guardado en garrafas de plástico de cinco litros que la dueña de la tasca saca de debajo de la barra solo después de las nueve; antes, se sirve el de la casa, que viene en botella de litro y medio y lleva etiqueta fotocopiada.
Entre viñedos y senderos silenciosos
El camino del Cabeço da Velha no está señalizado: se sabe que se ha llegado cuando aparecen los muros de piedra que el padre de Zeca alzó para que las ovejas no entrasen en la viña. El reguero que discurre por debajo se llama Rego de Valborda, y quien se queda quieto oye el chasquido seco de las raíces de la vid bebiendo. No hay mirador: solo la piedra aplanada donde el señor Américo se sienta antes de bajar, y desde donde se ve el tejado de la casa donde nació, ahora con placa solar que el hijo puso sin consultarle.
Cuando el sol se pone tras el castaño, el humo de las chimeneas ya no sube en línea recta: hace una curva, empujado por la corriente que baja el valle y lleva el olor a panceta ahumada hasta la carretera. En la cocina de doña Alda, el caldo espesa porque ha añadido un nabo más de lo habitual —«así el niño come sin rechistar»—. En Pedraça, el día no termina: se deshace, como el pan en la sopa, y por la mañana se recompone otra vez, igual pero no del todo.