Artículo completo sobre Vale de Bouro: el pueblo que no aparece en mapas
818 almas, vino de jarra y ternera que llega cuando quiere en Celorico de Basto
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Las campanadas que nadie cuenta
La campana de la iglesia marca las ocho y el eco se pierde en la curva de la carretera antes de alcanzar el café de Crispim. Ocho golpes que nadie contabiliza: los parroquianos apoyados en la barra saben que han vuelto a llegar tarde. En Vale de Bouro los 818 vecinos no se reparten por ninguna lógica: están donde están, metidos en casas que aún aguantan tejado o en las que ya no lo aguantan pero sirven para guardar la hoz y el martillo. Siete kilómetros cuadrados al servicio de lo justo: viñedo, pasto y la tierra que Antonio do Cidral sigue sembrando de maíz a pesar de la sequía.
El vino que no necesita etiqueta
Las cepas crecen bajas porque el viento de la sierra no perdona. Quien aún tiene memoria recuerda cuando se pisaba la uva en el lagar de piedra; ahora sólo quedan depósitos de acero inoxidable en la bodega de Jorge, pero el olor al mosto es el mismo de 1963, cuando su abuela preparaba el vino santo para el cura. No hay catas guiadas ni maridajes. Hay jarra de barro en la mesa del restaurante O Cacimbo y quien quiera prueba. Si pide agua, lo miran como si no entendiera la pregunta.
El ganado que conoce el camino
La ternera barrosã aparece en los platos cuando quiere. No es una garantía, es cuestión de suerte. José Mário tiene tres vacas en la quinta da Bouça y cuando sacrifica una avisa a su hermana, que trabaja en el ayuntamiento; ella lo cuenta a las tías y los domingos se huele la brasa antes de ver el humo. La miel es de Celestino, que ya no puede subir a las colmenas pero aún baja los tarros de mantequilla llenos para quien llama a su puerta. Pan negro sale del horno de doña Guida, que lo enciende sólo cuando le apetece: no hay carta, hay lo que hay.
La romería que deja las piernas adoloridas
En agosto la procesión de Santiago baja desde la ermita hasta el atrio con la banda tocando el mismo himno que sonaba cuando el padre del presidente de la junta parroquial tenía veinte años. Después se come sardina envuelta en papel de periódico y se bebe cerveza tirada a mano. La subida a la capilla de la Señora do Viso es penitencia o apuesta. Quien va a pie lleva botella de agua y rosario en la mano; quien va en coche lleva el féretro del tío que murió en invierno y aguardaba buen tiempo para enterrarse. Arriba, la vista es la que es: valles, eucaliptos y la carretera nacional que lleva a Celorico. Nadie saca el móvil: no hay cobertura.
Lo que sobra y lo que falta
En la parada del autobús Francisco espera a los nietos con el bastón entre las piernas. La escuela cerró hace cinco años; ahora los críos van todos a la ciudad y vuelven los fines de semana con acento foráneo. Las casas vacías no están en venta, aguardan herederos que no aparecen. Por la noche los perros ladran a la oscuridad porque eso es lo que siempre han hecho. Y cuando la luz se pone tras el Viso, la piedra granito se vuelve color miel y Vale de Bouro no parece abandonado: parece cansado, como quien ya dio lo que tenía que dar y ahora espera que el resto llegue cuando tenga que llegar.