Artículo completo sobre Veade, Gagos y Molares: vino verde entre viñas de granito
Celorico de Basto guarda esta unión de aldeas donde el vino verde fluye y las campanas desafinan
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El vino verde baja por la garganta con esa acidez que hace temblar las amígdalas. En las laderas que descienden suavemente desde los 261 metros, las viñas dibujan líneas entre muros de granito donde el musgo se agarra con terquedad. Aquí, en la unión de Veade, Gagos y Molares, el tiempo se mide por los trabajos de la tierra: cuando el otoño trae el olor a uvas aplastadas, cuando el invierno se escucha en la poda, cuando la primavera pinta de verde los sarmientos.
Esta parroquia nació de la reforma administrativa de 2013, cuando tres aldeas se unieron en un territorio que cabe entero en una caminata de dos horas. Pero las huellas son más antiguas: en las parcelas que se suceden como escalones, en las levadas que canalizan el agua, en el propio nombre Veade —que viene del latín vado, el lugar donde se cruza el río.
Tres aldeas, una identidad
Veade concentra lo que más se parece a un centro. La iglesia parroquial se alza en el punto más alto, con la fachada encalada de blanco que duele a los ojos al mediodía de agosto. Frente a ella, el café de António sirve cafés a diez céntimos más baratos que en Basto. La Casa da Boavista, ahora en ruinas, guarda en el jardín un estanque de azulejos donde sobreviven dos peces rojos que nadie recuerda alimentar.
Gagos se extiende por la ladera. Las casas nacieron donde el terreno lo permitió, unas mirando a la carretera, otras escondidas al fondo de las huertas. La capilla de la Señora de los Placeres está a mitad de camino —allí se guardan las andas de la procesión, llenas de flores de papel que el polvo vuelve grises.
Molares, la más pequeña, respira junto al arroyo. La iglesia matriz tiene campanas que suenan desafinadas. El día de San Sebastián, los ranchos de fiesta recorren las tres aldeas y aquí terminan, con sardinas y pan de maíz servidos en casa del señor Adriano, que abre la lagar como quien abre la puerta de su casa.
Cuando el concejo se reúne
Las Fiestas del Concejo en honor a Santiago transforman Veade en una feria. Durante cuatro días, el campo de fútbol se vuelve parque de atracciones —la noria que se ve desde la N14, las casetas de churros, la tartera de caldo verde que doña Rosa hace en el patio de la iglesia. La procesión sale a las nueve de la mañana, pero es por la noche cuando las calles se llenan de gente. Los emigrantes vuelven, enseñan hijos que ya hablan francés, beben unas copas de más con los antiguos compañeros de colegio.
La Peregrinación a la Señora del Viso es cosa más seria. Salen a las cinco de la mañana desde Molares, suben el monte a paso arrastrado. Se lleva a la anciana, al niño en brazos, al perro que no se deja en casa. En la cima, la ermita minúscula se abriga en el monte. Dentro huele a cera derretida y a ropa mojada por el rocío.
A la mesa con lo que da la tierra
La Carne Barrosã no está en la carta —es lo que se come en casa. Viene del carnicero local, amarilla de grasa, adobada con laurel del huerto. Los rojões llevan panceta ahumada, el jugo se agarra al pan de centeno que Ilda aún hornea en el horno de leña. El vino verde se saca del barril, no se pregunta el grado alcohólico.
La miel es de doña Albertina, recogida en colmenas que su hijo mantiene en lo alto de la Sierra de Veade. En agosto, cuando el madroño está florido, torna ámbar con notas a caramelo. Los niños se la comen a cucharadas, los adultos la mezclan con aguardiente para espantar los dolores de garganta.
Memorias de estaño
En la mina del Carriço trabajaron poco más de cincuenta hombres durante tres años. El pozo de extracción aún se ve, tapado con chapas de zinc que crujen con el viento. El tío Mario, que bajó con diecinueve años, cuenta que el estaño venía en vetas finas, que se perdía en el barro. Llevaba a casa veinte escudos al día y una tos que nunca más lo abandonó.
Hoy, los nietos de esos mineros estudian en Braga, vuelven los fines de semana. La densidad poblacional —132 habitantes por km²— se traduce en puertas cerradas con candados nuevos, en campos que se vuelven matorral, en casas donde solo se enciende la luz el fin de semana. Pero hay más mayores (450) que jóvenes (195), y la escuela agrupada tiene cada vez menos niños.
En las mañanas de niebla, cuando la humedad impregna los muros de granito y las hojas de las vides brillan con el rocío, la parroquia parece suspendida entre lo que fue y lo que sigue siendo. La campana de la iglesia toca a las nueve, y alguien abre la puerta de un ahumadero donde la chorizo pende oscura, casi negra, impregnada de humo de roble.