Artículo completo sobre Apúlia: salitre y niebla en la costa de Braga
Entre viedos y dunas, el Atlántico azota este pueblo donde el Camino besa el mar
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El empedrado húmedo devuelve un cielo plomizo y el olor a salitre se cuela por las calles de Apúlia antes de que el Atlántico aparezte. Aquí, a nueve metros sobre el nivel del mar, el océano no es postal: es sal que se adhiere a los cristales, viento que obliga a abrochar el plumas incluso en junio, espuma que dibuja surcos en la arena negra.
La parroquia vive de espaldas a la tierra y mirando al mar, dentro del Parque Natural del Litoral Norte, donde la costa se despliega en playas anchas y dunas sujetas por vegetación rastrera. Los 481 habitantes por km² se reparten entre el casco y los campos que aún resisten en el interior: pequeñas parcelas donde la vid del vino verde se arrastra baja, protegida de los vientos oceánicos.
Donde el Camino toca el agua
El Camino de la Costa atraviesa Apúlia paralelo al litoral. Los peregrinos avanzan sobre pasarelas de madera que crujen, atraviesan núcleos donde el granito de las casas viejas dialoga con el ladrillo nuevo, llenan sus botellas en la fuente de la plaza de la República y siguen hacia el norte con el océano siempre a la izquierda. No hay catedrales: solo la repetición de las olas y la luz que cambia sobre el agua.
Entre sus 3 924 vecinos hay quien viaja cada día a Oporto o Braga y quien aún ara la tierra. La pesca se sostiene con media docena de barcos de arrastre que parten desde la playa, pero el empleo viene de la construcción y los servicios cercanos. Apúlia nunca fue puerto grande: la relación con el mar se mantiene en los viveros de marisco que explotan los locales y en los nombres de las calles.
Fiestas y mareas
En junio, la festa de San Juan ocupaba tres calles del centro. Sin procesiones: cohetes que se perdían sobre el Atlántico, sardinas en parrillas improvisadas, humo mezclado con salitre. Un barrio entero celebraba y los 119 alojamientos parroquiales se llenaban de visitantes que buscaban playa y precios más bajos que en Esposende.
El litoral se descuelga por escaleras de madera cada doscientos metros. Las familias tienden sus toallas, los niños levantan castillos que la pleamar deshace a las 17.30. Fuera de temporada no hay socorrista: quien se baña asume el riesgo. La playa del Sur, más resguardada, es la preferida de los vecinos; la del Norte, expuesta, la reservan los surfistas cuando entra mar de fondo.
El aparcamiento junto al campo de fútbol es gratuito y se satura los fines de semana de julio y agosto. Fuera de esas fechas, se aparca donde se pueda. El café «Marés» abre a las 7.00 para los pescadores y cierra a las 20.00: sirve cortado por 0,90 € y permite llevar la comida a la arena.