Artículo completo sobre Fonte Boa y Rio Tinto: el Cávado que une dos almas
Entre arrozales y viñedos, la unión deshecha de estos pueblos respira aún en sus riachuelos
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La primera luz del día rasga la niebla sobre el Cávado y deja al descubierto el Marachão: no es un «canal artificial que parece natural», sino un brazo de agua trazado a pico y sudor por hombres que ningún libro recuerda. A las siete de la mañana se oye primero el borboteo entre piedras sueltas, luego el gorjeo del petirrojo que se atreve a beber en la orilla. Aquí, donde el río marca el límite norte de la antigua unión, el paisaje no se ordena en «franjas horizontales»; se amontona: la cañada se arrima al arrozal, la viña trepa hasta la cresta del banco, y la casa del señor Joaquim se apoya justo bajo la vía del tren, vibrando cada vez que pasa la automotora.
La sangre que tiñó las aguas
La leyenda del río Tinto se cuenta a bocajarro en la taberna de doña Alda, aunque nadie garantiza su veracidad. Lo cierto es que, después de llover, el arroyo de Zarague aún discurre color óxido —tierra de aluminio, dicen los mayores, no sangre de moro—. La fusión de 2013 duró lo que tarda una generación en hacerse adulta: en 2022, cuando el ayuntamiento devolvió los registros civiles a cada lado, hubo tracas tanto en Fonte Boa como en Rio Tinto, y el presidente de la junta parroquial fue el primero en brindar.
La iglesia de Santa Marinha no tiene nada de monumental: cal blanca descascarillándose, puerta que cruje en verano porque la madera se ha hinchado. La campana da las horas exactas, pero también las inexactas: cuando el sacristán olvidó desenganchar el badajo, el domingo sonó veinte minutos seguidos y los perros ladraron hasta la carretera nacional. La capilla de los Reyes Magos, mientras tanto, sirve sobre todo para guardar las sillas de la romería: dos docenas de asientos de plástico apilados, olor a cera derretida y un nicho donde uno de los magos perdió la cabeza en una caída de 1997.
Caminar entre río y parra
El Camino de la Costa pasa por aquí, sí, pero los peregrinos escasos se detienen. Quien viene fuerte de piernas suda en la subida de la «Costa da Vacca», rampa de asfalto derretido en agosto, y luego huele los dientes de león aplastados en la senda verde. Las garzas reales no se cortan: posan en el poste de Iberdrola, sueltan excremento blanco sobre aceras que nadie barre. La densidad de población es la que es: 1 838 almas, pero 400 solo en el núcleo de Rio Tinto; el resto se esparce por lugarejos que el INE ni cataloga —Paradela, Outeiro, Casal Novo— donde aún se dice «voy a la villa» para hablar de Esposende.
En la tasca «O Cávado», la caldeirada lleva congrio congelado porque el fresco se lo quedó el restaurante de la playa. Aun así, el cilantro viene del huerto, la patata es nueva y la cazuela de barro se rajó dos veces en la cocina de leña —las grietas dejan escapar el caldo y la dueña pone un plato debajo—. La lamprea solo aparece si Mário do Caxinas llama para avisar; si no, hay arroz de marisco con pulpo que él trae de Apúlia. El vino verde se sirve en garrafas de cinco litros, etiqueta de fotocopia pegada con cinta adhesiva: «Alvarinho — 11 %», y sabemos que es 11 % porque el padre del productor probó de un copa y dijo «está bueno».
Junio en llamas
San Juan no es solo hoguera: es el olor a sardina quemándose en la parrilla de red de cable, el pan de maíz partido a mano, el mantecado que se derrite en el papel de aluminio. La procesión empieza a las seis, pero quien va de veras es la gente mayor; los críos esperan al baile que arranca cuando el cielo se tiñe de remolacha y el DJ —Nuno, que trabaja en correos— carga las columnas en el maletero del Clio. A la una de la madrugada aún se oye «¡Oye, Chico, cuidado con las brasas!», pero nadie quiere irse a casa: hay cañas a cincuenta céntimos y la peña acaba de calentar los panecillos en el puchero de cobre.
Cuando la niebla vuelve a subir, el Cávado se pierde de vista. El Marachón se mantiene, firme, con un desnivel de medio metro que hace encallar las piraguas de turistas en la curva. La campana de Santa Marinha repite —badum, badum— y quien camina por la senda no siempre se da cuenta: lleva los auriculares puestos, va contando pasos en el móvil. Pero el son se alinea igual, como con regla, y sobre las aguas se marcha hasta el mar, donde el río ya no tiene nombre ni parroquia.