Artículo completo sobre Ardegão, Arnozela y Seidões: la bruma que sube del río
En Fafe, el granito guarda la memoria de quemas, viñas de pie alto y campanas que marcan la sierra
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El granito asoma en los muros encalados a la tiza, en las puertas bajas donde los críos aprendieron a agachar la cabeza, en los umbrales que las abuelas frotan con agua y ceniza. A 602 metros, el aire corta la garganta en diciembre y, aun en agosto, trae el frescor de las mimosas que se arrastran por los valles. A las cinco en punto, la niebla sube del río y se engancha a los eucaliptos; la campana de Ardegão toca a las siete, pero quien tiene tierra en la sierra ya lleva dos horas de azada a cuestas.
Lo que guarda la piedra
Ardegão aparece en las Inquirições de 1220. Cuentan que el nombre viene de las quemas que los abuelos hacían para abrir rozas al maíz; aún hoy se dice «ardido» al terreno que queda limpio tras el fuego. La ermita de Santa María perdió el tejado en el temporal de 1987; dentro hay una pila bautismal rajada donde el agua de lluvia tiñe de musgo el canto. En Seidões, la Casa do Souto tiene un puente privado sobre la regata: los nietos del último amo viven aún en la orilla norte y dejan las puertas abiertas para que el gato cace ratones. Nadie les ha pedido que sean monumento: las piedras se sostienen unas a otras, y basta.
Lo que da la tierra
Las viñas son de pie alto, enfiladas entre fresnos y naranjos. El vino sale tan liviano que hasta el cura lo bendice en copas de agua. La miel es de brezo y de zarzas; en junjo, los colmenares pesan el doble, y João do Vale la lleva a la feria de Fafe en bicicleta, con los tarros dentro de la mochila del ejército. La carne Barrosã tiene la grasa color de leche; cuando se estofa, la cocina huele a nuez moscada y al humo de la llar. Quien no tiene prados los alquila a peso de oro: un euro y diez por vaca y día, y aún se regatea.
Lo que trae el día
No hay placa que diga «mirador». El mirador es el muro de la cisterna donde Zé Mário va a fumar tras la cena; se ve toda la vega, el tejado de la escuela que cerró, y la torre de Vodafone que parpadea en rojo cuando el viento es de levante. Junto al correo, Rosa vende gasóleo a litro: llena garrafas de refresco para quien tiene motoazada. Hay dos cafés: uno abre a las seis, otro a las siete y media; el domingo sirven café con leche en taza, porque la vajilla no da abasto a la gente que viene de misa. Quien quiere pastel de nata que se dé prisa: llegan congelados de Fafe y se acaban antes de las once.
Lo que se lleva la noche
Cuando la luz se pone tras el Senhor do Amparo, el granito se tiñe de óxido y las casas parecen más grandes. El silencio es el perro de Adelino royendo el hueso en el corral, el traqueteo del generador de Celestino que aún no ha comprado placas solares, la voz de Amélia llamando al nieto que tiene el móvil sin datos. Después, solo la carretera vacía y el olor de la estufa de maíz que Antonio avivó a las cuatro de la tarde. No hay espectáculo: hay, sí, la certeza de que, si mañana la niebla es densa, el camino de tierra resbala y el autobús de las ocho tendrá que meter dos marchas atrás antes de coger el cruce de Arnozela.